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Economía de las ideas, para mi prima

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De esta crisis no nos va a sacar un político caudillista “curador de desigualdades”, tampoco una organización de caridad con intenciones sagradas y mucho menos una revolución contra las instituciones. Para una completa recuperación económica necesitamos las ideas: una vacuna, mejores capacidades de pruebas o mejores tratamientos. Somos 8.000 millones de seres humanos viendo esa carrera, donde todos (incluso los más anticapitalistas) le están haciendo barra a los laboratorios privados con ánimo de lucro para que nos saquen de esta crisis.

Mientras llegan las ideas, lo mejor que podemos hacer es dar las conversaciones sobre cómo podemos tener una sociedad donde puedan ocurrir. El problema es que algunos de nuestros políticos insisten en hacer exactamente lo opuesto. Un candidato presidencial dijo esta semana, sin sonrojarse, que los iPhones son propiedad de los trabajadores de Apple porque ellos son quienes lo producen.

No es la primera vez que Gustavo Petro desnuda sus delirios de expropiador y tampoco la primera vez que reitera su evidente terraplanismo económico. Diría uno que no vale la pena ni escucharlo, pero ese error tan básico en un adulto nos da una excelente oportunidad para explicarle economía a una niña de diez años.

—¿Dónde se encuentra el valor de un iPhone? —me preguntó mi prima, con algo de curiosidad.

—A ver, prima. En una clase de economía cualquiera te podría decir que para crear un iPhone se necesitan capital físico (aluminio, cobre, vidrio) y capital humano (trabajadores). El problema es que no basta con eso.

—Las partes y la gente que las arma. ¿Qué más falta?

—Las ideas.

El iPhone es una idea que nació del iPod, del deseo de millones de personas de disfrutar la música y de un emprendedor con la obsesión de entregarles toda la música en la palma de su mano. Steve Jobs necesitaba millones de dólares y no los tenía, pero por lo menos tenía la fortuna de vivir en un país que respeta los derechos de propiedad, tiene reglas claras y permite la libre empresa (precisamente lo que algunos políticos pretenden tumbar).

Con esas condiciones, Jobs pudo conseguir financiación, socios estratégicos y la posibilidad de compartir el riesgo que implica montar una empresa con inversionistas calificados. Sin reglas claras no hay inversionistas, sin libre empresa no hubiera podido llevar a cabo su idea y sin derechos de propiedad sobre las ganancias futuras, Jobs muy seguramente no hubiera abandonado la universidad, endeudado a su familia y arriesgado su pellejo para mejorarnos la vida a todos.

—Pero volvamos al tema, prima, con un ejemplo del economista español Sala i Martin. Toma el iPhone de mamá y lo metes a la licuadora (es solo un ejercicio mental, tranquilos).

—Ya, queda un polvo gris.

—Sí, pero no es un polvo cualquiera. En esos 194 gramos de polvo hay plástico, litio, aluminio, cobre e incluso pedazos de oro. Materiales que por caros que sean nunca van a costar más de $50.000, mientras que un iPhone puede costar unos $5 millones.

—Bueno, también está el trabajo, ¿no? —preguntó mi prima.

—También, pero sigue sin ser suficiente. Motorola, Nokia y Blackberry también tuvieron los mejores empleados del mundo en su momento y aún así quebraron. El papel de la empresa privada en el desarrollo es mucho más que agregar capital físico y capital humano.

Lo que determina el valor económico de un iPhone no son las horas que pasa una persona trabajando en un producto y tampoco la calidad de sus materiales (esos son, si acaso, los costos). El valor económico es lo que perciben las personas de manera subjetiva: poder compartir una foto de alta calidad con la familia, responder un correo urgente desde la playa sin tener que ir a la oficina o poder tener el mapa del transporte público en tiempo real.

Son las ideas las que convierten una pila de materiales en una empresa multimillonaria mientras que nos beneficiamos todos (incluso los políticos populistas), precisamente por eso es tan importante no dinamitar el entorno en el que estas pueden ocurrir.

@tinojaramillo

Martin.jaramillo@email.shc.edu

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