Economía del cuidado

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En sus primeros semestres de carrera los economistas aprenden la definición del producto interno bruto (PIB): el valor agregado de todos los bienes y servicios finales que se producen y se consumen en un país, más los que se exportan a otros países, menos los que se importan. Esta medida, que probablemente caerá este año como nunca antes en todo el mundo a causa de la pandemia, es el indicador más analizado a la hora de entender qué tan bien o mal anda una economía.

Otra cosa que se aprende, rápido y sin mucha discusión, es que el PIB no incorpora el valor de los bienes y servicios producidos en el hogar, quizá porque es complicado de medir, o porque no es el grueso de la actividad económica, o porque históricamente no se ha medido y no hay razones de peso para empezar a hacerlo.

Todos esos argumentos son inaceptables. El trabajo realizado en el hogar es medible, es valioso y recae de manera desproporcionada sobre las mujeres que se dedican a las actividades del cuidado —como el cuidado de los niños, de los ancianos, de familiares enfermos— y las distintas tareas del hogar. Gracias a la Encuesta Nacional del Uso del Tiempo del DANE (ENUT), sabemos que, si en Colombia el trabajo de cuidado no remunerado se incluyera en la medición del PIB, este sería un 20 % más alto. También sabemos que el 78 % de este trabajo es realizado por mujeres cuyas opciones laborales por fuera del hogar son limitadas.

Ignorar una sexta parte de la economía es algo que ningún economista serio se debería permitir, pero eso hemos venido haciendo desde que existen las cuentas nacionales. Con la pandemia, los casos de violencia contra la mujer han aumentado porque los abusadores pasan más tiempo en el hogar y las abusadas continúan en una posición vulnerable. Su vulnerabilidad no se va a acabar con la vacuna para el COVID-19: ojalá a los economistas nos quede siquiera esta lección de lo que ha pasado en la cuarentena.

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