Economía del cuidado

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Según Paola García Ruiz, Tatiana Gélvez Rubio y Paula Herrera Idárraga en Razón Pública, “como consecuencia del aumento en las labores de cuidado, se redujo la participación de las mujeres en el mercado laboral. En junio, la tasa de desempleo femenino fue de 24,9 %, mientras que la tasa masculina fue de 16,2 %, para una brecha de 8,7 puntos porcentuales, la más alta en los últimos nueve años”. Las académicas citan al DANE: “En junio de este año, hubo un aumento de 1,6 millones de mujeres dedicadas a los oficios del hogar, en comparación con 2019”. También muestran que aunque el trabajo doméstico no remunerado va en alza, el remunerado va a la baja: “En junio se perdieron 311.000 empleos de trabajo doméstico, para una caída del 50 % en relación con el año anterior”; “el 50 % de (las trabajadoras) no tuvieron garantías económicas para la cuarentena obligatoria decretada por el Gobierno Nacional, y no tuvieron los recursos para pagar los servicios públicos, el arriendo y la alimentación de sus familias”.

Según Caroline Criado Perez en Invisible Women, las crisis económicas suelen llevar a un mayor desempleo en las mujeres y una de las razones es el aumento de los trabajos de cuidado no remunerados: “Las mujeres no están empleadas porque no tienen tiempo. (...) En la Unión Europea, el 25 % de las mujeres dicen que el trabajo de cuidado no remunerado es su principal razón u obstáculo para no entrar a la fuerza laboral asalariada. En contraste, los hombres lo citan como razón en apenas un 3 %”. Esta disparidad tiene todo que ver con el rol social que se asocia con lo femenino, “reforzado por políticas del Estado como la desigualdad en la licencia de maternidad y de paternidad”, pero también tiene que ver con la inequidad salarial, porque aun entre las parejas heterosexuales más pobres, quien gana más suele ser el hombre, entonces cuando alguien tiene que reducir sus horas de trabajo asalariado para hacer trabajos de cuidado no remunerados, tiene más sentido que lo haga la mujer.

Dicen García, Gélvez y Herrera: “Como sociedad, deberíamos impulsar y dar prioridad a los sistemas de cuidado bien remunerado y en condiciones de trabajo decente. Este tipo de empleo crea un círculo virtuoso, en donde más personas pueden ser empleadas y recibir un pago digno y justo por servicios esenciales para la población”. Es decir, no se trata solo de reconocer que el trabajo de cuidado existe y es vital, indispensable e ineludible, también de aceptar que debe tener una remuneración económica, ojalá pagada a través del Estado. Dice Criado Perez: “Nos gusta pensar que el trabajo de cuidado no remunerado que hacen las mujeres se trata de cuidar de forma individual a su familia para su beneficio personal. No lo es. Las sociedades dependen y se benefician colectivamente del trabajo de cuidado no remunerado que hacen las mujeres. (...) Así que el trabajo de cuidado no remunerado que hacen las mujeres no es una simple elección. Se ha construido al interior que hemos creado y perfectamente podría sacarse o deconstruirse”. De hecho, todas las académicas citadas en esta columna coinciden en que remunerar el trabajo de cuidado tendrá beneficios considerables en la economía. Pero, en el fondo, el sexismo y la discriminación hacen que el problema sea más de voluntad política que de economía.

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