Por: Antieditorial

Economía digital y colaborativa

Por Germán Vargas G.*

La inmadurez regulatoria de las nuevas tecnologías es comparable a la del saliente viceministro de Economía Digital, quien desde el Partido del Tomate probó (con indignación) la mermelada burocrática.

Los eufemismos económicos, políticos y tecnológicos nos salen caros. Aunque esa moraleja está enmarcada en la fábula leonina (Esopo), y la parábola (bíblica) de los talentos, no aprendemos tales lecciones y tampoco perdemos fe a esas promesas.

Entre sus trucos, los falsos dilemas ocultan propósitos (ulteriores) y alternativas (de cambio). El factor común de esos ismos, verbigracia socialismo y neoliberalismo, ha sido la “inversión” ética para ganar dinero, influencia o poder, pues los principios dejaron de ser funcionales para sobrevivir (y sobresalir).

Esa intrusiva dinámica evolucionó, de manera autónoma, desde que la “Teoría de los sentimientos morales” hizo las veces de Caballo de Troya del utilitarismo, inoculando (o activando) el gen egoísta por el cual la cooperación mutó, cómplice de la competencia darwiniana (colusión), y defraudó la justicia, en el “didáctico” dilema del prisionero.

Los profetas de las utopías modernas heredaron, además del discurso, el comportamiento alfa/beta (Alphabet) de sus ancestros. Esos reputados “gafes” —GM, Goldman o Gazprom; Apple, Amazon o Alibaba; Ford o Facebook; Exxon o Enron; Samsung o Shell— ostentan la mayor capitalización del mundo, mientras las tragedias comunes y anticomunes de nuestra realidad colonizan la virtual: ese 1 % es más igual que el resto, sus riquezas descansan en paraísos, y el pleno desempleo convergerá en la cuarta revolución industrial (¿los tecnócratas serán sustituidos por máquinas de Turing?).

Corolarios y contradicciones: a) pecado capital, el dinero legal no necesariamente es moral; b) los valores, despreciados, son bursátiles: cuánto quieres —cuánto vales— es su costo de oportunidad; c) así como el siglo de las luces tuvo su cara oscura, el alter-ego de la apertura ha sido el proteccionismo agrícola (en Europa y EE. UU.), y su némesis no son únicamente los muros fronterizos (Trump), sino los de Facebook, y los de pago que restringen el acceso libre a contenidos (el primer clic ya no es gratis en Google).

Las implicaciones de esto último expone, además de la obesidad por consumo de contenidos chatarra en internet, el fin de la neutralidad de la red, disrupción que se formalizaría el próximo 14 de diciembre en el Congreso estadounidense, paradójicamente controlado por los republicanos que concibieron la globalización y el libre mercado.

Al otro lado del Atlántico las noticias tampoco son alentadoras, pues en el informe “Una agenda europea para la economía colaborativa” la Comisión Europea la determina como “modelo de negocio”, con ánimo de lucro. En consecuencia la uberización permanecerá sesgada, pues se trata de plataformas, modernas y virtuales, que materializan la misma visión clásica de la economía: agentes “racionales”, con información perfecta, que maximizan sus utilidades explotando recursos (ociosos).

No corrige los sempiternos defectos: sus valores y objetivos, ajenos al bienestar humano y social. Es absurdo esperar que esas empresas se autorregulen; esa es la pura posverdad.

* Catedrático.

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