Economía sin defensas

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En columnas recientes hemos visto que el Gobierno ha enfrentado la crisis del coronavirus dentro de la concepción de libre mercado y que la evidencia del primer semestre muestra que la cuarentena y los protocolos han generado serios daños estructurales que no pueden ser enfrentados por los medios convencionales. El país enfrenta una severa crisis económica sin acciones concretas para moderarla y revertirla.

El Gobierno se resiste a reconocer los efectos devastadores de la pandemia. Insiste en suponer que la caída de la producción se compensa con el endeudamiento externo y el mercado. Así, se esperaba que la caída de la producción se concentrara en el segundo semestre y luego entrara en un proceso rápido de recuperación. No ha ocurrido de esa manera. En el primer semestre se presentaron caídas en la producción del 16 % y en el empleo del 20 %, y en los meses siguientes continuaron disminuyendo con respecto al año anterior. Ya no se evitará que la producción caiga un 10 % en la totalidad del año.

No se ha querido reconocer que por las deficiencias del modelo que vienen de atrás y por el confinamiento se acentuó el desbalance interno entre el producto nacional y el ingreso. En este contexto, la reducción del ahorro determina una caída de la inversión y el producto que se refuerza y sostienen. Por lo demás, el déficit en cuenta corriente tiene como contraparte el disparo del desempleo. Se configura un conflicto complejo: los buenos oficios para impulsar la producción amplían el déficit en cuenta corriente y acentúan el desempleo. No hay tal recuperación de equilibrio y mercado.

El agravamiento de las condiciones ha llevado a manifestaciones de angustia de los sectores productivos. No son solo las cifras. En la asamblea anual de la ANDI los directivos del gremio manifestaron sin resquemores que las empresas atraviesan por cuantiosas pérdidas y parálisis de la demanda que no pueden soportar sin un apoyo significativo del Gobierno. Incluso, proponen un cuantioso crédito del Banco de la República al Gobierno para que adquiera acciones de las empresas y amplíe el acceso al crédito.

La solución no se puede lograr con medidas convencionales. Se requiere un cambio drástico en el modelo económico. El aspecto central consistiría es la modificación de la estructura de comercio internacional y la composición sectorial para aumentar las exportaciones y disminuir las importaciones. La reducción del déficit de la balanza de pagos eleva el ahorro y, en conjunto, modera el desbalance interno. La otra opción es una política fiscal orientada a elevar el ahorro y la inversión, pero es imposibilitada por las fuertes presiones de gasto para elevar el consumo y reducir el deterioro de la distribución del ingreso.

Dentro de las visiones de libre mercado de los organismos internacionales y de los funcionarios gubernamentales defensores del modelo imperante no se vislumbra voluntad para introducirle cambios estructurales al sistema económico, como ocurrió en los últimos 30 años. No van más allá de las políticas monetarias y fiscales convencionales que han demostrado su ineficacia en condiciones de desbalance interno. Las prioridades se orientan a hacer lo mismo de antes.

En fin, el Gobierno está abocado a enfrentar la crisis dentro de un desbalance interno que significará durante varios años bajas tasas de crecimiento, inestabilidad en la balanza de pagos, desbordamiento del desempleo y deterioro de la distribución del ingreso. La producción y el empleo solo podrán recuperarse en forma pronta con un cambio del modelo que reduzca el déficit en cuenta corriente y eleve el ahorro.

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