Por: Brigitte LG Baptiste

Ecoplacebo

Uno de los propósitos más comunes de año nuevo es dejar de comer o usar lo que creemos es ambientalmente inadecuado, bien sea por razones estéticas o éticas. Al fin y al cabo, tratamos de crecer haciendo consciencia de las cosas que nos dañan o dañan a otras personas o seres vivos, para ser más justas, más bellas, más buenas. Curiosamente, cuando esas decisiones provienen de la impulsividad y la pasión duran poco: el cerebro manda en las adicciones y los hábitos y nos retorna a las rutinas que le complacen en el presente, pues a pesar de su capacidad de proyectar el placer del futuro, duda que este llegue. Epicuro aclaraba que bastaba un corto ejercicio de regulación del goce del momento para entender que lo mejor siempre estaba por venir: mantener el deseo, nunca saciarlo. Tal vez una de las claves de la sostenibilidad.

Las decisiones de dejar de comer carne, por ejemplo, o productos “dañinos” con el medio ambiente o la salud son frecuentes. Y generalmente efímeras, cuando podrían traer cambios significativos a nuestro bienestar y el de todo el planeta, si se hiciesen con el debido cuidado. Por ejemplo, convertirse en vegetariano o vegano, una opción de vida sustancialmente retadora, puede ser una alternativa interesante, pero ojalá sustentada en una argumentación certera e ilustrada: los beneficios de ningún hábito se pueden generalizar, pues la diversidad es el parámetro con el cual operan todos los sistemas culturales y ecológicos. A veces comer carne certificada ecológicamente puede ser un mejor incentivo a la restauración de un sistema productivo degradado por nuestra complicidad con productores irresponsables. Dejar de consumir aceite de palma colombiano porque en Indonesia su modelo productivo arrasa las selvas es una tontería: destruye una industria nacional que lucha por garantizar y certificar sus buenas prácticas. En cambio, sugeriría dejar de consumir papa o cebolla industriales provenientes de la destrucción del páramo, arroz de la destrucción de humedales y sabanas inundables, o productos derivados de la pesca o la minería irresponsables.

Los modos de consumo basados en el ahorro pueden resultar equivocados si no se armonizan con los ciclos de renovación de materia y energía del ecosistema. Una de las premisas del saber amazónico, por ejemplo, es la no acumulación, pues casi todo se pudre rápidamente y se reincorpora al mundo orgánico. De ahí que los ríos de la región estén llenos de plástico flotante pues se trata de objetos de una persistencia inadecuada. La reflexión acerca del impacto de los consumos es por tanto fundamental para entender la huella ecológica completa de nuestros hábitos, pues creer a ciegas que la sostenibilidad es una receta de paneles solares, ensalada de verduras invasoras y ropa de algodón orgánico puede ser peor que un placebo: nos deja satisfechas porque se cumplieron los buenos propósitos, pero tal vez inhabilitaron la adopción de conductas realmente adaptativas.

Por ahora, en todo caso, sí hay un par de experimentos que no dudo en recomendar: liberar nuestras vidas del uso de plásticos no biodegradables (y del espeluznante icopor) y llevar las discusiones ambientales al seno de nuestras empresas, instituciones o círculos de amigos, sin fanatismos. Que el año nuevo nos traiga sabiduría ecológica, justicia ambiental y capacidad de cambiar en la dirección correcta, algo que solo las ciencias lograrán garantizar, pues ningún gurú ni revista del jet set, por convincentes que parezcan, están en capacidad de ofrecer.

 

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