Por: Arlene B. Tickner

Ecos de Panamá

En buena medida, las Cumbres de las Américas han sido un termómetro del clima político y económico del hemisferio occidental, así como de las relaciones de América Latina y el Caribe con Estados Unidos.

La primera, realizada en 1994 en Miami, se dio en medio del fin de la Guerra Fría, el auge del neoliberalismo y el interés del gobierno de Bill Clinton de insertar todas las economías de la región en un solo acuerdo de libre comercio (ALCA) con el fin de consolidar la hegemonía estadounidense. Una década después, en la cuarta Cumbre, en Mar del Plata (2005), no sólo los gobiernos de izquierda y centro-izquierda constituían la mayoría sino que el antiamericanismo y las protestas antiglobalización ascendían a la postre de la “lucha global contra el terrorismo” declarada por George W. Bush. Así, y en medio de grandes tensiones con la potencia del norte, fue enterrado el proyecto del ALCA. A tan sólo cuatro años, en Trinidad y Tobago, la quinta Cumbre fue signada por el optimismo suscitado por la elección de Barack Obama, así como por la promesa de una nueva era en las relaciones hemisféricas, caracterizada por la simetría, la reciprocidad y el partnership. Pese a ello, las guerras en Irak y Afganistán, la política hacia Cuba y las drogas y hechos como el no cierre de la prisión de Guantánamo terminaron opacando el esperado viraje.

En la VII Cumbre, en Panamá, lo que se anticipaba como una oportunidad para vitrinear las decisiones adoptadas por Obama frente a los inmigrantes ilegales y Cuba y dejar atrás una de las principales fuentes de antagonismo en las relaciones interamericanas, se complicó con la (torpe) declaración de Venezuela como amenaza a la seguridad nacional estadounidense. Sin embargo, los pronósticos de que Nicolás Maduro utilizaría el intervencionismo yanqui como caballo de Troya para sabotear el encuentro también resultaron infundados. El que en Panamá no sólo haya primado la no confrontación abierta sino el acercamiento con Estados Unidos es tal vez lo que más llama la atención.

En el caso de Cuba, el tono crítico pero deferente de las intervenciones de Raúl Castro sugiere que el interés por sellar en público la normalización de relaciones primó sobre el de polemizar sobre Venezuela. El acercamiento diplomático realizado entre Washington y Caracas antes de la cumbre, en parte por iniciativa de Maduro, apunta paradójicamente en una dirección similar, como también la reunión entre Obama y Caricom para discutir temas energéticos. Incluso, Dilma Rousseff anunció un próximo viaje a la Casa Blanca, luego de cancelar una visita de Estado programada para 2013 por el escándalo de espionaje de la NSA.

Entre los factores que explican este inesperado desenlace figuran el estancamiento económico de la región, el agotamiento del proyecto alternativo del Alba, las crisis internas de Venezuela y Brasil y las dificultades que han tenido nuevas instituciones regionales, como Celac e Unasur, para formular esquemas cooperativos funcionales, más allá de su oposición a Estados Unidos. Querámoslo o no, en una coyuntura caracterizada por la desaceleración, tasas alarmantes de violencia, persistencia de la desigualdad, inseguridad ciudadana y crisis de la educación, todos temas discutidos en Panamá, y más allá de la muerte de la doctrina Monroe, América Latina y el Caribe siguen viendo en Estados Unidos un actor clave para encontrar soluciones a los problemas del hemisferio.

 

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