Por: Juan David Zuloaga D.
Atalaya

Ecos de una abstracción

Como un ejercicio de reivindicación y de memoria, la galería Salón Comunal presentó una muestra del archivo, inabarcable en su totalidad, de quien fuera uno de los más importantes exponentes del arte abstracto en la Colombia del siglo XX: Eduardo Ramírez Villamizar.

Tiene tales dimensiones el archivo del maestro (archivo que hasta el inicio de esta muestra había permanecido rigurosamente clausurado), que para la exposición fue necesario acotar su larga trayectoria artística entre los años 1945 y 1979 con el fin de presentarle al visitante algunas de las teselas más significativas y más elocuentes de ese mosaico. Una colección repleta de vivencias y de recuerdos de los años en los que el maestro vivió y creó en Bogotá, París y Nueva York.

Muchos de los elementos de la exposición mostraban la manera en que las más disímiles influencias nutrieron y configuraron el universo artístico del maestro: su colección de moluscos, recogidos orillamar, en largos años de búsqueda y de experimentación artística; materiales que luego se convertirían en una escultura abstracta de las que pueblan el imaginario de su público; bosquejos en papel que delatan una plasticidad que el hierro se encarga de negarle a la obra escultórica final...

Cartas del artista y de sus amigos, ensayos y artículos de crítica especializada, maquetas y fotografías completaban la muestra; además de verdaderas curiosidades como una escultura que, copia de otra de Pablo Picasso, realizara Ramírez Villamizar en París. Sólo que la del maestro colombiano, hecha con un manubrio y un sillín de bicicleta, muestra los cuernos del toro hacia abajo; como un toro que se contemplara desde lo alto o como un toro, en consonancia con la herrumbre que despide el material, postrado en tierra por el inexorable paso del tiempo.

Y en el jardín de la galería —epílogo necesario e incontestable a un tiempo— se exponían dos esculturas del maestro que, oxidadas desde su creación, hacían juego con el conjunto que para la ocasión las abrigaba: un jardín recogido y silencioso besado por los vientos fríos e inconstantes de la capital.

“Mi querido abstracto” se titulaba la muestra. La selección, curaduría y museografía estuvieron a cargo de Bernardo Montoya y Nicolás Bonilla, artistas e historiadores del arte, y director este último de la Corporación Ramírez Villamizar. Con su nombre la exposición rememoraba aquella manera afectuosa en la que Álvaro Mutis se refería a ese gran artista cuya obra truncó la muerte en Bogotá el año 2004. Trece años después, el público bogotano pudo disfrutar de esos bocetos íntimos y, hasta la fecha, guardados en silencio, que delatan el proceso complejo de la creación artística. Allí estaba la muestra de su archivo y, desde allí, emanaban misteriosamente los ecos de su abstracción a quien embelesado los visitaba.

La muestra, sutil y exquisita, labor museográfica esmerada y juiciosa, pasó inadvertida en muchos medios y en muchos círculos del arte. No extraña, pues, este olvido y esta desmemoria, esta incuria y este desdén son la manera triste en la que el país honra a sus maestros.

[email protected], @Los_atalayas

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