Por: Arlene B. Tickner

Ecos de una decisión funesta

Más allá del estupor causado por la decisión de Estados Unidos de reconocer a Jerusalén como capital israelí e iniciar los trámites para el traslado de su embajada, cabe preguntar por sus causas y posibles consecuencias. En medio de las promesas de Trump de buscar el “trato definitivo” en el conflicto con Palestina, el anuncio sorprendió hasta a Israel, ya que el consenso general entre los que saben del tema, incluyendo altos oficiales de sus propias fuerzas de defensa, es que cualquier cambio en el statu quo de la ciudad equivale a sabotear las perspectivas de una solución pacífica.

No es gratuito que Jerusalén se haya dejado de últimas en todo intento previo de negociación: además de desconocer tanto Israel como Palestina los reclamos de la contraparte, ambos exigen control sobre la misma zona de la Ciudad Vieja, conocida como Monte del Templo por los judíos y Haram al-Sharif por los árabes, por ser de los lugares más sagrados para el judaísmo y el islam. Si bien se ha propuesto que la ciudad se convierta en capital compartida en un esquema futuro de dos estados –lo cual se dificulta con los asentamientos judíos en el Este– con un régimen especial que administre las zonas en disputa con miras a garantizar el acceso de las tres religiones (incluyendo la cristiana) a sus respectivas áreas sagradas, esta “provocación” a los musulmanes del mundo, y especialmente a los 300.000 palestinos que residen en Jerusalén del Este, nos aleja de dicha posibilidad.

Entonces, ¿qué busca el mandatario estadounidense? En 2006, John Mearsheimer y Stephen Walt argumentaron que la política exterior de Estados Unidos ha favorecido los intereses de Israel por encima de los propios, contrariando incluso a estos últimos. La explicación de dicho enigma radica en el papel del lobby pro-israelí, que ha anotado éxitos regulares a la hora de desviar las estrategias estadounidenses para que favorezcan a Israel. Claramente, la decisión sobre Jerusalén no obedece a un cálculo político internacional, ya que además de descalificar a Estados Unidos como árbitro “justo” en el conflicto, arriesga sus intereses en Medio Oriente al distanciar a sus aliados de la región en la lucha común contra Irán y el Estado Islámico, y al incentivar la violencia por parte de grupos islamistas como Hamás y Hezbolá. En su lugar, debe leerse como un intento por congraciarse con el judaísmo ortodoxo, y con los evangélicos y la derecha religiosa republicana, que están entre las decrecientes bases de apoyo del presidente estadounidense.

El gesto de Trump tampoco constituye un triunfo sino pírrico para Israel, ya que más allá de reconocer una situación de hecho –la ocupación israelí de Jerusalén como su capital– puede aumentar su aislamiento mundial, dañar las relaciones de cooperación que de forma silenciosa ha construido con países como Jordania, Egipto y Arabia Saudita, y agudizar los sentimientos antiisraelíes entre el público árabe. Y como ocurre con la expansión de los asentamientos judíos en Cisjordania y Jerusalén del Este, considerados territorios ocupados por la comunidad internacional, la alteración no solicitada del complejo estatus de Jerusalén hace más lejana aún tanto una salida negociada al conflicto israelí-palestino como una solución de dos estados.

 

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