Por: Julio Carrizosa Umaña

Ecosistema, territorio y paz

En este país de las paradojas, Bogotá ha sido a la vez incitador ideológico de las guerras, refugio de sus víctimas y espacio de recreo de los victimarios.

Es posible que eso suceda debido a las características del ecosistema en que se construyó la ciudad. Me refiero a esa conjunción de clima, rocas, aguas, montañas, suelos, vegetación y fauna andina que favorecen el asentamiento de los humanos desde la prehistoria, suministrando abundante caza y albergando pocas ponzoñas y que durante siglos ha incitado tanto a la ilusión como al dictamen; primero al sueño y luego al chascarrillo. Ese ecosistema, lejano del resto del mundo, fue el que permitió que los muiscas prosperaran y es el que continúa siendo el gran premio de los colombianos que ganan las elecciones, se enriquecen o logran ser vistos como paradigmas de esta sencilla sociedad. Por algo un visitante irónico la llamó Atenas Suramericana.

Conforme se construyó lo que hoy llamamos la nación colombiana, en el ecosistema bogotano se fue generando el territorio capitalino actual; una ciudad inmensa rodeada de cerros bellísimos y praderas fértiles que se urbanizan diariamente, con su río convertido en cloaca. Sus habitantes: soñadores, víctimas y victimarios siguen moldeando sus comportamientos por el paisaje que los rodea, pero el paisaje prehistórico hoy es más europeo que andino, más cercano a las praderas italianas, francesas o británicas que a las selvas y ciénagas tropicales. Esa transformación importa porque probablemente moldea también las formas como los bogotanos, antiguos y nuevos, viviendo en una Europa del novecientos, perciben el resto del país: laboratorio de ensayo de sus imaginarios, recuerdo de sus desgracias, posible proveedor de sus riquezas futuras.

Esas percepciones bogotanas constituyen hoy el territorio de la capital y sus características explican un poco la persistencia de las guerras y las dificultades de la paz. Paisas, tolimenses, costeños y vallunos que llegan a vivir en Bogotá se convierten en soñadores y se olvidan de la realidad de sus regiones. Sus imaginarios son parecidos a los de los santafereños, caucanos, santandereanos y boyacenses que generaron las primeras violencias; simplificaciones de las ideologías europeas que condujeron a las guerras mundiales, elucubraciones que olvidan las estructuras y funciones de los ecosistemas y la historia del poblamiento del país. Nuevamente teorías, ironías, sarcasmos, desdeños, exageraciones e insultos nos alejan de la paz.

 

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