Por: Oscar Guardiola-Rivera

Ecuador y nosotros

Reducir las causas del conflicto en Ecuador a la enemistad entre Lenin Moreno y Rafael Correa, como lo han hecho comentadores y editorialistas esta semana, es un síntoma del pésimo estado en el que se encuentran la teoría y práctica de lo político entre nosotros.

A pesar de que hayan sido las organizaciones indígenas, en particular la CONAIE que en el pasado no ha tenido las mejores relaciones con el expresidente Correa, las que salieron a la calle, las que ocuparon los centros de poder en Quito en una demostración de disciplina y estrategia que envidiarían otros militantes y partidos políticos, incluyendo a buena parte de la izquierda, y a pesar de que fueron éstas las que pusieron los muertos, editorialistas y comentaristas cometen el error de quitarles toda agencia y capacidad de pensar por sí mismas.

Imitan al propio exLenin Moreno. Justo cuando entra en diálogo con las organizaciones indígenas, y al tiempo que se ve obligado a conceder su derrota y reconocer que las demandas de sus antagonistas van más allá del Decreto, al mismo tiempo se refiere al espectro de las Farc, o a los fantasmas de Cuba y Venezuela como los verdaderos responsables de la confrontación. De manera harto similar los miembros de Prosur, este sí un fantasma, manifiestan su apoyo al gobierno de ex-Lenin y rechazan cualquier “injerencia internacional” en los asuntos del vecino país.

¿Pero no son éstos los mismos que llevan rato pidiendo a grito herido injerencia internacional, si no intervención militar, en nombre de la humanidad entera, en los asuntos del otro vecino país? ¿Cómo explicar tan aparente contradicción? La línea editorial parece ser que en un caso hay democracia, y en el otro no. Así las cosas, hecho el juicio y habiendo reducido el conflicto ecuatoriano a una cuestión de enemistad entre antiguos amigos, la solución es que hablen.

El diálogo tendría lugar dentro del marco constitucional de la separación de poderes, bajo reglas ya establecidas y con el concurso de juzgadores que deberíamos suponer imparciales. Por supuesto, nada de ello tiene mucho que ver con la realidad. La experiencia de las organizaciones indígenas en el Ecuador y el resto de las Américas es que entrar al juego político con las reglas existentes significa haberlo perdido antes de comenzar. El conflicto regresará, pues sus raíces son bien profundas.

Dije antes que Prosur era un fantasma. En efecto, un fantasma recorre a las Américas. Es el fantasma de las derechas alternativas y los autoritarismos neoliberales. El que en los EE. UU. amenaza llevarse por delante la dichosa separación de poderes. El mismo que ya lo hizo en el vecino Brasil. El que asomó la cabeza en Ecuador la semana pasada y que lleva recorriendo campos, ciudades y los corredores del poder en Colombia ya hace varios años.

El que asesina indígenas y líderes campesinos y obreros para proteger los mismos intereses que protege el Fondo Monetario Internacional cuando toma posesión de los ex-Lenin de este mundo e impone, otra vez, un soberano “paquetazo”. En nombre de la Ley, la Fe (inversionista) y el Dios Dinero. 

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