Edad de jubilación

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La semana pasada llegué a los años que, para los hombres y en Colombia, se convierten en eso que se llama “edad de jubilación”: 62. Ya metí-los-papeles, como se dice, en Colfondos, y ya estoy advertido de que voy a recibir algo así como 1’300.000 pesos mensuales, es decir, unos 339 dólares al cambio de hoy. Como en mi país la mayoría de las personas se jubilan con el salario mínimo, no me voy a quejar. No quiero engrosar el coro de los quejumbrosos (hijos de Jeremías) que, como dice el poeta Juan Vicente Piqueras, “prefieren el lamento y sus refugios / a la íntima intemperie de intentar ser feliz”. Además, aunque me den mi pensión (olvídense) no pienso retirarme sino cuando me entierren. Y en El Espectador voy a seguir escribiendo mis divagaciones hasta que un canoso Cano me despida porque “ese pobre viejito ya está escribiendo el mismo artículo cada semana”.

De todos modos, la tal edad de jubilación lo pone a uno en modo reflexivo, comparativo, introspectivo… Si me fuera a jubilar en Italia, pienso, donde coticé para pensiones durante cinco años (y esos años se esfuman en el fondo sin fondo de los fondos), me faltaría ese mismo tiempo, otros cinco años, para poderme jubilar. Tal vez si me hubiera declarado transgénero en el año 2000, y desdeñando mi sexo biológico hubiese dicho en mi fondo que me siento mujer, habría podido jubilarme hace cinco años, a los 57, como mi hermana menor, que se jubiló mucho antes que yo. No sé, ni tengo ahora ganas de averiguar, si alguien biológicamente mujer que se declara hombre según su identidad de género, no sé, repito, si en tal caso lo obligan a jubilarse a los 62. A veces, pocas veces, ser hombre sale más caro que ser mujer.

La esperanza de vida en Colombia, para los varones, es de unos 69 años. Para las mujeres, casi 77. Si me muero según el promedio de acá, en siete años estoy frito. Pero si incluyo otras variables en mi cálculo actuarial amateur (como la edad de vida y muerte de mis padres, mi tensión arterial y la circunferencia de mi barriga), hallo que, con suerte, puedo llegar a los 80. Como dice un amigo coetáneo, siendo optimistas, nos queda un cuarto de tanque por vivir.

Jubilarse no te hace sentir júbilo: se siente que la muerte te respira en la nuca. Pero eso no está mal. La conciencia de esa amiga que vive con nosotros de la cuna a la tumba nos da muchas ganas de arrancarle a cada instante la intensidad y el entusiasmo del tiempo que huye. Como decía mi profesora de filosofía, Clara Posada: “Para oír una melodía hay que dejarla pasar”. De nada nos sirve una vida congelada, quieta: es bueno que pase, y que se pase. En palabras de un poeta enfermo, Joan Salvat i Papasseit, cuando nos pase esto, “se quedarán ustedes, / a ver todo lo bueno que nos trae la suerte: / y la Vida, / y la Muerte”.

Últimamente me ha empezado a temblar la mano derecha; hasta hace poco me temblaba solo la mano izquierda. Como no puedo no ser católico —la educación es una especie de cadena perpetua—, pienso con culpa que la vida me está cobrando la risa que sentía, hace años, cuando veía a una tía abuela mía, muy temblorosa la pobre, que intentaba ponerse los lentes de contacto con una mano que parecía un trébol al viento. O que me castiga porque no quise volver donde mi viejo odontólogo, el doctor Heriberto (de quien conservo amalgamas 40 años después), porque empezó a temblar y la fresa en su mano, yo lo miraba con los ojos más abiertos que la boca, parecía que me fuera a perforar el globo ocular. En fin. Esto para decirles que mejor no se burlen, lectores, de esta letra temblorosa con que termino esta patética meditación. Más bien hagan cálculos y, si pueden, pásense a Colpensiones, porque con lo público me hubiera ido mejor. A propósito: hay abogados que me aconsejan que demande, que seguro gano el pleito y me jubilo bien. Pues no: soy responsable de mi error, y no quiero ser otro de los que privatizan las ganancias y vuelven pública su estupidez.

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