Por: Juan David Ochoa

Edición estelar

Después de varias acciones sospechosas de censura y de retractaciones convenientes, la revista Semana publicó su edición estelar sobre el primer año de Iván Duque. El titular, bajo el rostro señoril y adusto de una experiencia que solo pueden sustentar las canas, fue pensado con el efectismo de una posición aparentemente neutral y serena, pero tiene toda la obviedad de la condescendencia ante los graves errores que pueden potenciar la catástrofe. “Un año de aprendizaje” podría ser el título para una actividad que soporte la improvisación, pero no para la presidencia de un país sumido en una inequidad siempre al borde de otra implosión y de nuevos conflictos, al borde de otro genocidio desbordado en estadísticas imposibles de asimilar y de leer, y atragantado por la corrupción que lo destroza todo con sus lobbies del crimen que siguen pactando todo en la sombra y en frente de las instituciones que han recibido también sus honorarios por el encubrimiento y el silencio.

No puede llamársele “Un año de aprendizaje” a una posición de poder que debía por obligación constitucional defender la vida y los derechos humanos, y haya optado por la destrucción de los sustentos de un acuerdo que permitía la disminución de la muerte. No puede tratarse con tanta ligereza un cargo en el que jura actuar con principios humanos y sociales, y hace silencio cómplice con los carroñeros que aumentaron su salario en el Congreso mientras tumbaban la ley que los obligaba a pagar con cárcel sus delitos. Obedeció con sumisión abierta a los mandatos de un sector que solo puede dedicarse a defender sus tierras y sus bienes, justo ahora que una justicia alternativa empieza a juzgarlos como principales actores de un conflicto que siguen sin reconocer. Los mandatos sobre su ascenso al poder fueron claros y los ha obedecido sin hacer interferencia, ni negarse públicamente a los excesos, y sin intenciones de ser un hombre autónomo y responsable de su propia dignidad. Insiste en el uso del glifosato contra todas las evidencias de salubridad y contra todas las pruebas de las organizaciones internacionales; insiste en el fracking y en la intervención cada vez más aberrante de empresas extranjeras aunque sean desastrosas las consecuencias. Agrede a la justicia que persigue a los fugitivos de sus castas con sutilezas de un aprendiz en las artes de la dictadura, y lo hace con soberbia entre gestos de una diplomacia estratégica. Tal vez, entre la misma comedia negra de sus nuevos titulares bancarios de custodia, quisieron usar su propio concepto de aprendizaje, su propia interpretación del deber ser: un año para aprender a actuar como ellos, los altos banqueros Gilinski y las altas castas del dominio que deben sostener el poder entre sus círculos para que el viejo privilegio continúe sin las amenazas cercanas y latentes de esa chusma lejana que reclama equidad. Para que todo continúe entre la tradición de las tierras que pertenecen a los mismos apellidos herederos de un privilegio religioso. Para aprender a reaccionar con violencia y con el aura de un autócrata que nadie debe cuestionar. Tal vez también no estén a gusto con su primer mandato y esperan que en los tres años restantes obedezca con mas sabiduría a las órdenes bancarias del Fondo Monetario Internacional que también los supervisa, y al bastión radical del partido que lo eligió para acabar con todo en un tiempo límite. El título pudo ser más acorde a sus visiones editoriales del mundo: el año de un lento aprendiz.

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