Por: Piedad Bonnett

Editar, malograr, tergiversar

Hace poco hubo revuelo porque Juan José Hoyos, ganador del Premio Simón Bolívar a Vida y Obra, despotricó, en este diario, contra los malos periodistas; y de paso le advirtió a su entrevistadora que “si no sabe escuchar” mejor se dedique a vender arepas. “Me quedé muda”, concluye ella. La impresión con la que queda el lector es que el entrevistado es un patán y que la periodista que escribió, lacrimosamente, “yo, cándida y ciega, pensé en escribir un perfil sobre vos”, una víctima. En la versión en la web, mucho más larga, el supuesto regaño, puesto en contexto, casi parece una broma. La comparación entre los dos textos nos desconcierta.

El propio Hoyos, ofendido, escribió: “¡No puede ser, me dije, que la sola edición pueda poner a decir a un mismo texto cosas tan opuestas sobre una persona!”. Sí, sí puede ser, Juan José, pensé, porque así como hay cantidad de buenos periodistas, hay muchos que, como dijiste, “no saludan, no escuchan, no ven. Y luego preguntan güevonadas”. A esos hay que tenerles pavor. Y esos a veces son los que editan. O no editan, que es casi lo mismo. Como cuando una joven y acuciosa periodista, en entrevista que me hizo, transcribió no sólo todas mis interjecciones (uhmmm, ahhh, usch) sino todos mis errores gramaticales, esos que todos cometemos al hablar, hasta convertir el texto en un galimatías. Habría querido decirle, con todo respeto, que no hay necesidad de tanto para dar la impresión de coloquialismo. Es decir, que hay que editar.

La edición, lo decía García Márquez, es un arte. Potencia la voz del entrevistado, sabe reconocer los énfasis, minimiza lo irrelevante. Pero, como dice Juan José, refiriéndose al “oficio más hermoso del mundo”: “… la velocidad lo jodió para siempre”. Y también la pereza o la irresponsabilidad, que hacen que transcriban mal o pongan cosas fuera de contexto. O cometan errores de ortografía. Yo me pregunto, por ejemplo, si en la entrevista que le hicieron esta semana a María Fernanda Cabal —que no tiene precisamente fama de inteligente— fue ella la que escribió “haber qué es lo que quieren” en vez de “ a ver qué es lo que quieren”, o si fue el periodista.

Cada tanto atiendo a estudiantes de periodismo que deben hacer una tarea, y muchas veces la experiencia es regular, o decididamente mala. Como aquella vez que un universitario me hizo una entrevista en varias etapas, y para “enriquecerla”, entrevistó también a muchos allegados míos. Y no allegados. Sé que por principio un entrevistado no pide revisar previamente una entrevista, pero cuando meses después me dijo que iba a publicarla en un periódico, la intuición hizo que se la pidiera. Y horror: me atribuía cosas que nunca dije o hice; ponía detalles de mi intimidad que a nadie le interesan, interpretaba absurdamente mis sentimientos, y un largo etcétera. Fui firme al explicarle por qué no estaba de acuerdo con que publicara aquel engendro. Años después, sin embargo, vi esa entrevista publicada, acomodada por su autor, ahora ya un periodista graduado, para hacer parecer que la había hecho recientemente. En esos casos, fuera de protestar, “la víctima” tiene ya poco qué hacer, salvo sufrir, indignarse y maldecir. Que es lo que debe estar haciendo ese gran maestro que es Juan José Hoyos.

 

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