Por: Ricardo Bada

Édith Piaf (París, 11.10.1963)

El título de esta columna es una mentira y al mismo tiempo un homenaje.

 Édith Piaf murió en Plascassier, en la Costa Azul, el 10 de octubre, a las 12:45, pero se hizo todo lo necesario para que el cadáver llegase esa misma noche a París y un certificado de defunción diese fe de que había fallecido ahí: ¡su gorrión (piaf) no podía hacerlo en ningún otro lugar!

Hija de un acróbata normando y una cantante callejera de origen marroquí, su madre la dio a luz bajo una farola de la rue de Belleville, en París, el 19 de diciembre de 1915. Su abuela materna la alimentó con vino en vez de leche. Su abuela paterna, con quien terminó de criarse, era la madama de un burdel en Normandía, cuyas pupilas se encargaron de cuidar a aquella criatura.

Desde muy joven conquistó Francia con su voz y sus canciones. Y como actriz en el teatro, con El bello indiferente, un monólogo que su amigo Jean Cocteau escribió expresamente para Édith. (Cocteau falleció un día después que ella, el 11 de octubre de 1963, tras enterarse de su muerte y comentar: “El barco se acaba de hundir. Este es mi último día en esta tierra”). Además, en 1954, y dirigida por Jean Renoir, actuó en French Can Can.

Durante la ocupación nazi protegió a sus colegas judíos y sus canciones fueron claves secretas de la Resistencia. En 1949 sufrió la muerte de su gran amor, el boxeador Marcel Cerdan, a quien perdió en un accidente aéreo cuando él, a instancias de ella, regresó de Nueva York en avión para llegar más pronto a París. Y lanzó la carrera de grandes chansonniers, como Bécaud, Montand, Aznavour, Moustaki. También la de Théo Sarapo, su último amor, veinte años menor que ella, con quien se casó en 1962: apenas hay un documento que más emocione, en la historia de la chanson, que verlos cantar a dúo “¿De qué sirve el amor?”; el único que puede hacerle la competencia es Brel suplicando “Ne me quitte pas”.

Sus canciones siguen tan vivas como cuando ella vivía: Himno al amor, Jezebel, Milord, La Foule (versión francesa del vals argentino Que nadie sepa mi sufrir), Padam... Padam..., ¡La Vie en rose, ella, cuya vida conoció tanta desgracia!, y por encima de todas, su profesión de fe: Non, je ne regrette rien, “No, no me arrepiento de nada”.

Bien hecho, Édith, gigante que medías 1,47. Que se arrepientan quienes a pesar de tu fe te negaron la misa de difuntos ya que, según el Pravda vaticano, vivías “en público pecado”, eras “un ídolo de la felicidad prefabricada”. Que se arrepientan quienes no saben, mi querido, inolvidable gorrión, que desde que subiste al cielo, San Pedro habla arrastrando la erre.

 

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