125 años de una Policía con triunfos y retos

El principal obstáculo de cualquier fuerza armada, pero en particular de la Policía, es su relación con los ciudadanos a los cuales sirve y cuida.

La reconciliación nacional también debe pasar por los gestos de las instituciones como la Policía.Cortesía, Policía Nacional

El pasado 5 de noviembre se cumplieron 125 años desde que el presidente Carlos Holguín Mallarino firmó el decreto 1.000 de 1891 para la creación de la Policía Nacional. Después de tantos años de triunfos, pero también de no pocos escándalos, y ante la posibilidad de un país sin conflicto armado, queremos aprovechar para felicitar a esa institución y proponer algunas reflexiones sobre su rol, cada vez más vital, en la construcción de una sociedad incluyente y capaz de solucionar sus tensiones sin recurrir a la violencia.

Durante la celebración del cumpleaños, la Policía Nacional hizo mucho énfasis en mostrar cómo sus miembros representan cada vez más la diversidad de Colombia. Los números, en efecto, son impresionantes: un total de 180.000 uniformados en todo el país, de los cuales más de 15.000 son mujeres y más de 8.000 son afrocolombianos. Incluso, la institución se precia de contar con 800 indígenas policías. Aunque el avance es significativo y bienvenido, no sobra insistir en el reto que hay por delante: ¿qué sucede con las posiciones de poder? ¿Están representando bien al país que protegen? ¿Se están implementando los mecanismos para fomentar que, por ejemplo, las mujeres asciendan en los rangos? ¿Y esto qué efectos genera de cara a la ciudadanía?

Porque el principal obstáculo de cualquier fuerza armada, pero en particular de la Policía, es su relación con los colombianos a los cuales sirve y cuida. Tantos escándalos recientes han causado justa desconfianza entre las personas, y ese es un aspecto que la institución no puede ignorar. Por ejemplo, hace poco mencionábamos en este espacio cómo la población trans se ha sentido victimizada de manera sistemática por miembros de la institución. Mientras los grupos poblacionales más vulnerables no sientan que tienen un aliado natural en la Policía, el cumplimiento de su mandato constitucional quedará incompleto. Eso sin mencionar las denuncias sobre presuntas chuzadas que siguen sin ser esclarecidas, las amenazas a periodistas y tantos otros casos que parecen quedar en el silencio, sin respuestas concretas sobre sus perpetradores.

Por supuesto, las denuncias ciudadanas y esos casos preocupantes no pueden manchar a toda la institución. Tal estigmatización no lleva a ninguna parte. Estamos convencidos de que esos 180.000 uniformados son en su gran mayoría personas comprometidas con un fin noble y usualmente poco reconocido. Pero la Policía no puede ser más que aquello que sus miembros sean y, de cara a los retos del futuro, una forma de mejorar la relación con la ciudadanía podría ser más transparencia y vehemencia en el enjuiciamiento de las inevitables “manzanas podridas” que se acercan a una institución con tal poder.

Cuando entre en vigencia el nuevo Código de Policía, que por cierto está pendiente de sentencia de la Corte Constitucional sobre sus aspectos más delicados, la mejor manera de calmar los miedos expresados por los ciudadanos es una implementación justa por parte de los policías, quienes deben entender que existe esa desconfianza y no tomarlo como una afrenta personal. La reconciliación nacional también debe pasar por los gestos de las instituciones como la Policía.

Más allá de esas prevenciones que siempre son necesarias, le extendemos nuestro saludo más afectuoso a todos los policías del país. Su labor es de valientes y los admiramos profundamente. Ustedes son los primeros llamados a llenar los vacíos de este Estado al que Colombia le ha quedado grande. Su presencia no sólo es un símbolo de seguridad, sino una realidad y una apuesta por tener un país en paz. Gracias por este siglo y cuarto de servicio.

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