30 años sin Guillermo Cano Isaza

Necesitamos el periodismo de Guillermo Cano y por eso, en El Espectador, lo utilizamos como referente constante de lo que hemos sido y queremos continuar siendo.

Nos debe la justicia, como en tantos otros casos, la verdad completa sobre lo ocurrido, más allá de los responsables directos. / Foto: Archivo - El Espectador

Hoy se cumplen 30 años desde aquella noche en que don Guillermo Cano Isaza, entonces director de El Espectador, fue asesinado saliendo del periódico. Su valentía y su determinación en librar una batalla sin cuartel para recuperar la decencia nacional nos sirven como ejemplo del periodismo al que debemos aspirar, y el crimen en su contra es un amargo recordatorio de una historia que Colombia todavía no supera.

Desde las páginas de El Espectador, siempre con rigurosidad y respeto, apostándole, en medio del caos nacional, a la construcción de un país capaz de discernir sin acudir a la violencia, don Guillermo luchó por la difusión de los valores liberales. Así, por ejemplo, durante la Presidencia de Julio César Turbay fue un férreo defensor de los derechos humanos exponiendo las extralimitaciones del Estatuto de Seguridad. En un momento en el cual criticar las potestades de las Fuerzas Armadas era visto casi que como una traición, don Guillermo defendió la idea de que la crítica a los abusos de poder es la mejor forma de homenajear la función que ellas defienden.

Como en ese caso, varias de sus luchas siguen vigentes en un país que ha cambiado mucho en 30 años, pero que no ha logrado sacudirse de los mismos problemas que han marcado su historia. Su obsesión con la paz era incansable y, por supuesto, su lucha contra la corrupción y el poder tóxico del narcotráfico, que le costó su vida, hoy, más que nunca, debe ser recuperada. Para las nuevas generaciones que no vivieron aquella época ni conocieron sus batallas con su única arma, la palabra, bastaría —y convendría— que leyeran algunos de esos textos para entender no solamente su visión sobre los males que se cernían sobre la patria sino también para entender la pertinencia de su voz libre para los tiempos actuales.

Don Guillermo estaba consciente del riesgo en el que incurría al hacer preguntas y señalamientos, lo que le generó pérdidas económicas y eventualmente terminó en su asesinato, pero las teclas de su máquina de escribir se movían motivadas por la convicción de que la verdad, de la mano de una prensa independiente y crítica, eran herramientas esenciales para construir una Colombia donde no todo vale.

Nos debe la justicia, como en tantos otros casos, la verdad completa sobre lo ocurrido, más allá de los responsables directos. Con el asesinato de Héctor Giraldo Gálvez por culpa de que le dedicó sus últimos años de vida a la búsqueda de la verdad en el caso por el magnicidio, murió también la iniciativa para descubrir quiénes estaban interesados en silenciar la crítica. En este país tan propenso a las alianzas perversas tras bambalinas entre el poder legítimo y el ilegítimo, la impunidad es la capa de invisibilidad que esconde y facilita que esto siga ocurriendo.

Necesitamos el periodismo de Guillermo Cano y por eso, en El Espectador, lo utilizamos como referente constante de lo que hemos sido y queremos continuar siendo. Ante una Colombia inundada de hoja de coca, un posconflicto frágil y otro pendiente, bandas criminales pululando en varias regiones del país y presiones económicas de una industria en problemas, apostarles a la verdad, a la crítica con respeto y a la decencia es, creemos, la fórmula de seguir aportando a la construcción de un mejor país. Como lo hizo don Guillermo.

 

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