Al fin TLC

Con el anuncio de la aprobación del TLC con Estados Unidos por parte del Congreso de ese país se supera el escollo más grande de un proceso que es de la mayor importancia para nuestro futuro económico y para la inserción de Colombia en los mercados internacionales.

Más allá de los efectos directos e indirectos que se puedan atribuir, modelar y calcular sobre este TLC, su importancia radica en que es una señal contundente para los colombianos en general —y nuestros productores en particular—, y para todos nuestros socios comerciales, sobre la voluntad política de insertar a nuestro país en los mercados globales.

Sin ser la panacea, y dando por descontado que habrá sectores afectados que, como lo decíamos el martes en estas líneas, no deben ser abandonados en un agenda interna que ya no se diseñó a tiempo, esta decisión es de la mayor trascendencia en cuanto da señales creíbles y exigibles a nuestros productores para ser más eficientes, estableciendo un marco para el acceso real y estable al mayor mercado del mundo para sus productos, sus insumos y sus bienes de capital. También beneficia a los consumidores, al ofrecerles una mayor variedad y calidad de bienes y servicios. Pero tal vez lo más importante es que debería contribuir a que la aprobación de futuros tratados tenga menos resistencia externa y doméstica, tal y como ha sucedido en Chile, México y Perú.

Obviamente, el proceso de aprobación no iba a ser, ni fue, fácil. Los procesos de liberación de comercio generan efectos distributivos —por lo menos a corto y mediano plazo— y tienen opositores en todos los países del mundo. En democracias como la colombiana y la de Estados Unidos, esos opositores están —y deben estar— representados en el Congreso y, por lo tanto, se requiere generar un mínimo de consenso, lo cual puede tomar más o menos tiempo, dependiendo de las circunstancias específicas de las naciones involucradas.

Es entonces natural y legítimo que haya opositores al tratado y que lo sigan cuestionando poniendo el énfasis en los efectos negativos, que por supuesto también tiene. Pero conviene tener presente que Colombia no es el primer país en vías de desarrollo que tiene un TLC con Estados Unidos. México y Chile lo tienen hace más de 15 años, y hoy poseen los niveles de vida más altos de América Latina. Perú, que lo firmó y aprobó más recientemente, ha tenido en los últimos años una de las tasas de crecimiento económico más altas del continente y es actualmente uno de los países más promisorios de la región —asumiendo que el mandato de Ollanta Humala no va a cambiar la tendencia—.

Este tratado fue iniciado formalmente, negociado y aprobado en Colombia durante el mandato de Álvaro Uribe y aprobado en Estados Unidos durante el de Juan Manuel Santos. Aunque ni éste ni ningún tratado comercial son perfectos, hay que reconocerles a ambos el haber logrado esta aprobación, respetando y superando las dificultades y los tropiezos propios de un proceso democrático vigoroso y particularmente complejo, con paciencia, prudencia y perseverancia.

Quedan muchos retos. Hay que aprovechar las oportunidades para consolidar, profundizar y simplificar los acuerdos que tenemos con los países de América y Europa, y enfocar nuestras energías en los acuerdos con Asia, Australia, Nueva Zelanda y Sudáfrica. De igual forma, es importante darle tiempo al TLC para que sus efectos se sientan sobre toda la economía colombiana, hacerle seguimiento cuidadoso y tomar las medidas que sean necesarias para mitigar sus costos de ajuste, cuando fuere necesario y pertinente.

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