Alud de proyectos

Empezaron las sesiones del Congreso y sigue habiendo mucho por hacer. Afanados, congresistas y ministros quieren sacar adelante sus proyectos de ley, revelando —sin conciencia, por supuesto— que en este país la cultura del cambio todavía siembra su ilusión demasiado en las normas, los artículos, el simbolismo de haber expedido una ley. Cargan, a su vez, y en este caso con conciencia de ello, el peso de que el tiempo es poco y las elecciones ya vienen.

Rafael Pardo, ministro de Trabajo, presenta su reforma pensional como la primera que no aumentará la edad y buscará un mayor acceso a la mesada. Juan Carlos Pinzón, en Defensa, propugna su interés de regular el controvertido fuero penal militar y la justicia penal militar. Dos proyectos de una vez. Cecilia Álvarez, de Transporte, reclama la aprobación de la ley de infraestructura, que conseguiría réditos (y avances) impresionantes. Y el ministro Alejandro Gaviria propone la tan esperada reforma a la salud, punta de lanza de toda su estadía en la cartera de ese sector.

Pero el Congreso no sólo está destinado a aprobarle a pupitrazo los proyectos al gobierno de turno. Debe legislar, también. Y así lo hará con sus propios proyectos: el Partido Conservador quiere modificar el tarjetón electoral para que los votantes identifiquen al candidato, sancionar a las empresas de explotación minero-energética que contaminen o también obligar a los bancos a aprobar microcréditos para pequeños empresarios. El Partido Liberal, por su parte, tramitará y dará debate a la ley del último empleo, que traerá beneficios tributarios para quienes den trabajo a mayores de 50 años. El Partido de la U quiere reforzar la defensa jurídica de la nación, a la que sí le falta un empujón para que se ponga las pilas.

Muchos proyectos, en fin. A un año de que se acabe el período de Ejecutivo y Congreso, es difícil decir que podrán ser perdurables o que cambiarán a este país de forma sistemática como muchos de ellos pretenden: a punta de artículos legales. Los temas son grandes, suenan grandes, la salud, el empleo, la infraestructura, las pensiones, todos requieren tiempo de debate y gestión pública. Quedan tan sólo 24 sesiones. No hay tiempo para tanto proyecto. Queda un año, al fin y al cabo, y eso es muy poco tiempo para un gobierno, a menos que busque reelegirse. Eso es lo más probable. El presidente Santos puede estar apostando por unas políticas de más largo aliento.

Asimismo, el Legislativo deberá cumplir su otra parte del mandato constitucional: hacer control político a los ministros del despacho. Ya se va a citar a varios ministros para que rindan cuenta ante las fallas que pudieron haber cometido durante su gestión. La mayor parte de esas propuestas, enhorabuena, han sido tramitadas por congresistas miembros de la Unidad Nacional. Crisis cafetera, la revaluación del peso, la preparación para una etapa de posconflicto, Interbolsa y la inacción del Gobierno, la crisis penitenciaria y carcelaria son los temas de más calado. Hacía falta ver al Congreso en este rol tan natural suyo. Pero, claro, eso es más tiempo y esfuerzos que competirán con el avance de los proyectos.

No cabe duda de que el país necesita transformaciones normativas en muchos frentes, pero quizás haya que priorizar el trabajo para este tiempo corto de final de legislatura. Vamos a ver, como para analizar el estado de las cosas institucionales, qué tanto se alcanza a hacer. Y qué tanto se ayuda a la sociedad, qué tan amplio es el margen de gestión y qué se puede lograr con la aprobación de las nueves leyes. Un duro remate viven hoy en día estas dos ramas del poder.

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