Armas, fanatismo y falacias

Hay un argumento que recientemente ha tomado mucha fuerzas en redes sociales, especialmente en Estados Unidos. Cuando alguien se monta en un vehículo y atropella a varios peatones, como ocurrió en Barcelona hace unos meses, o en Nueva York hace apenas una semana, surge la pregunta retórica: ¿entonces vamos a prohibir los automóviles? El objetivo de esa pregunta es intervenir en el debate sobre el control de armas.

La segunda enmienda de la Constitución de Estados Unidos les otorga a todos los ciudadanos de ese país el derecho a comprar armas y portarlas en público. Cada vez que ocurre una masacre, como el domingo pasado en una misa en Texas, donde un hombre de 26 años entró a disparar y asesinó a 26 personas, muchas voces piden que se aprueben reformas legales que vuelvan más rígido el control de armas. Sin embargo, la respuesta es que eso sería limitar un derecho fundamental y, además, sería inútil. “Como prohibir los automóviles para que no haya más ataques terroristas”, parecen decir.

Esa es la clase de argumento falaz que se vende como pan caliente en esta era de la posverdad en menos de 140 caracteres. Ante debates complejos, llenos de matices y de posibles puntos de encuentro, la respuesta es un comentario que aparenta ser contundente y busca cerrar la discusión. Quienes están de acuerdo aplauden, quienes están en contra se llevan las manos a la cabeza, nada pasa y sigue el estancamiento. Lo mismo ocurre a menudo en Colombia.

El problema es que las sociedades están enfrentando retos que requieren diálogos y soluciones acordadas entre los extremos. Estados Unidos viene de masacre en masacre (hace menos de un mes murieron 58 personas en un concierto en Las Vegas, a manos de un hombre armado hasta los dientes) y resumir el debate sobre qué hacer con las armas en una frase significa que no pueden buscarse soluciones.

Además, porque la comparación no es válida. Como muchas personas lo han indicado, para comprar un automóvil hay muchas más limitaciones (registro, seguro, exigencia de licencia) que para comprar armas, proceso que es muy sencillo en partes de Estados Unidos.

En efecto, los debates sobre las limitaciones a los derechos constitucionales son difíciles y deben darse con pinzas; pero deben darse, no condenarse a sin salidas. Donald Trump, presidente de Estados Unidos, dijo que lo ocurrido en Texas es un problema de salud mental. Otra forma de censurar las conversaciones antes de que comiencen.

Aunque el debate parece lejano, tiene muchas similitudes con la cultura política contemporánea colombiana. Los líderes y los ciudadanos han adoptado el lenguaje propio de las redes sociales, reduciendo así las conversaciones a puras competencias por ver quién silencia al otro. Las falacias, argumentos que parecen convincentes, pero que tienen fallas lógicas, sirven para obtener retuits e incluso votos, pero no son adecuadas para llegar a acuerdos que nos permitan salir del estancamiento. Las falsas analogías (¡castrochavismo!, por ejemplo) dominan el imaginario y las personas que les hacen eco no se percatan del daño que le están haciendo al país en el proceso.

Tanto en Estados Unidos como en Colombia, las falacias y el fanatismo son armas sin control con resultados nefastos. Si no empezamos a cuestionarlas, seguiremos condenados a la inacción y la polarización.

 

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