Están muy equivocados...

SÍ. MUY EQUIVOCADOS ESTÁN LOS TErroristas si creen que con este regreso de sus explosiones estratégicas van a amedrentar a un país que en el comienzo de este siglo ha venido definiendo su rumbo hacia un futuro de prosperidad.

Y si, como todo lo indica, el atentado de ayer en Bogotá iba dirigido contra Caracol Radio —empresa a la que no sobra enviarle desde estas páginas nuestra solidaridad y apoyo incondicionales en este difícil momento—, muy equivocados están si creen que a punta de violencia van a acallar al periodismo colombiano. Ese ha sido un camino transitado ya en el pasado y no han salido vencedores. Esta vez, tampoco pasarán.

Y no lo harán porque esta sociedad ha aprendido, con dolores nada despreciables de muchos años, que bajar la cabeza ante el terror no hace más que fortalecerlo. Así es que, erguidos como estamos para confrontar el lenguaje de la violencia, firmes como estamos para rodear y multiplicar las voces que se quieran acallar, acogemos el llamado del Presidente de la República a continuar con nuestras actividades para no darles gusto a los terroristas. Pero a la vez, para que un acto tan atroz como el de ayer no logre el cometido de desviar nuestro rumbo, exigimos de las autoridades presteza y audacia para determinar quiénes realizaron este atentado y qué buscaban con él.

Por supuesto, las Farc son el principal sospechoso por muchísimas razones, comenzando por su consuetudinario desprecio por la vida humana. Mostrar fortaleza al comienzo de un nuevo gobierno o ante la remota eventualidad de una negociación, puede haber sido motivación suficiente para acudir a la barbarie. O provocar un cambio de prioridades para tener un respiro en el acecho de la Fuerza Pública a sus escondrijos rurales. O notificar a una cadena que, como Caracol Radio, ha sido líder en visibilizar la infamia del secuestro. En fin, razones hay por montones para sospechar de “los sospechosos de siempre”, como dijo ayer el presidente Santos.

Empero, la investigación no puede dejar por fuera ninguna hipótesis. La criminalidad en Colombia comprende un espectro mucho más amplio que el de las Farc y el país ha conocido en los últimos años el nivel insospechado al que llegan los poderosos intereses criminales. Bien ha hecho el Presidente de la República, pues, en no apresurarse a acusar a las Farc, como era la costumbre hasta hace poco. No sobra recordar, de hecho, que a unas pocas cuadras de donde explotó el carro-bomba de ayer, hace casi seis años se perpetró un atentado contra el hoy ministro de Interior y de Justicia, Germán Vargas Lleras. Los señalamientos entonces de inmediato fueron hacia las Farc, desvirtuando las dudas que la propia víctima siempre tuvo al respecto. Hoy sabemos que dichas dudas tenían mucho sustento, conforme se han ido revelando las atrocidades que ocurrían en el DAS por esos días.

“Bombazo atenta contra ambiente de distensión creado por Santos”, decía ayer mismo el comunicado de la oposición, el Polo Democrático Alternativo. Y cierto es que, incluso desde tiempo antes de su posesión, el presidente Santos ha ido abriendo puertas que los amantes —o beneficiarios— de la guerra y la confrontación persistentes quisieran que se mantuvieran cerradas con candado.

Determinar cuál de estas hipótesis, y las muchas más que pueden existir, es la verdadera, resulta necesario para una ciudadanía perpleja con este regreso del terrorismo a la capital. Pero mientras esa verdad llega, y ojalá que llegue pronto, no bajaremos la guardia, ciudadanos ni periodistas, para no permitir que un puñado de desquiciados impidan que este país siga avanzando.

 

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