El primer siglo de 'El Tiempo'

DECÍA EL PRESIDENTE ALBERTO Lleras Camargo, en su histórico discurso del Hotel Tequendama, en plena dictadura y en momentos en que el diario El Tiempo había sido silenciado por la censura, que "por haber sido el vehículo predilecto de los más importantes políticos, estadistas, científicos, militares y hombres de letras (…) por haberse publicado allí las controversias más decisivas para la formación de nuestro pensamiento, pertenecía, pertenece y pertenecerá a la historia de Colombia".

Hoy, cuando para fortuna de la patria El Tiempo no está silenciado, sino que en plena vigencia llega a su primer siglo de vida en este domingo, las palabras de Lleras Camargo cobran todo su valor. Porque es verdad incontrovertible que en las páginas de El Tiempo ha tomado forma el país que hoy tenemos y del que, con todo y sus dilemas e injusticias por resolver, podemos sentirnos orgullosos.

Un lector desprevenido podría encontrar postizo el sentimiento de admiración que en esta casa sentimos hacia nuestro rival perenne, existiendo como existe una competencia de negocios. Ignoraría quien así lo hiciera que, si bien en tiempos más recientes hemos podido tener visiones diferentes y   posiciones particulares sobre ciertas políticas o actores del poder, lo cierto es que en nuestras historias centenarias hemos ido de la mano para dar juntos batallas cruciales por la democracia, las libertades y la pulcritud en los asuntos públicos. Frente a los fundamentos esenciales de toda sociedad libre hemos sido aliados permanentes. Y en la competencia, siempre solidarios. Tal vez pocos recuerden hoy la deuda de gratitud eterna que El Espectador debe al colega, y en particular al gesto del doctor Eduardo Santos, quien ante las penurias económicas que trajo la Gran Depresión a este diario prestó sin contraprestación sus talleres para que pudiera seguir siendo editado. Así como también, por allá en 1919 y mientras tramitaba la importación de una rotativa, El Tiempo se imprimió en la prensa de El Espectador.

 Como colegas y amigos, pues, pero en especial como colombianos, nos unimos hoy a la celebración de este primer siglo de El Tiempo. De aquel periódico que fundó don Alfonso Villegas con el noble propósito de sostener la Unión Republicana de Carlos E. Restrepo y que, cumplido el propósito, luego cedió a Eduardo Santos para que varias generaciones de esa familia de periodistas y empresarios de lujo lo llevaran a convertirse en una de las más modernas y sofisticadas empresas de medios de este continente. El orgullo que hoy acompaña a la familia Santos es absolutamente merecido, como lo es también el reconocimiento de gratitud que los colombianos le manifestamos en esta fecha.

Bien diferentes son los tiempos hoy, ciertamente, de aquellos en los que durante décadas floreció el diario bajo la batuta de los Santos. El negocio de los medios de comunicación se transforma a pasos acelerados y aquella realidad un tanto romántica de las empresas familiares tiende a desaparecer en el mundo entero. La natural transición en la propiedad accionaria de la empresa, empero, lleva implícita una enorme responsabilidad, cual es preservar un legado histórico que, como el de El Tiempo, ha quedado marcado en la conformación de nuestra nación. Como colegas tenemos la certeza de que con la información en manos de un periodista de quilates como es su director actual, Roberto Pombo, dicha tradición está protegida. Y como colombianos y lectores, confiamos en que quienes de ultramar han llegado a asumir el control de esa casa editorial son plenamente conscientes de la responsabilidad que tienen en sus manos. A la familia Santos y a todos quienes han labrado con su trabajo, ayer y hoy, la maravillosa historia de El Tiempo, nuestro sincero saludo de admiración y agradecimiento.

 

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