Farc, liberaciones y negociación

LA LIBERACIÓN DEL CONCEJAL Marcos Baquero Piñeros, raptado hace 18 meses por las Farc, y la de los otros cuatro secuestrados a lo largo de la semana, abre, como siempre ocurre con este suceso, la discusión sobre si estamos, o no, en el inicio de los primeros pasos hacia una salida negociada del conflicto. Esta vez las especulaciones han sido mayores.

Tanto la insistencia del presidente Juan Manuel Santos en la puerta abierta al diálogo, como los contundentes golpes militares, han hecho pensar que, tal vez, los acercamientos estén por fin encontrando terreno fértil. Todo parecería indicar que, por lo menos desde el lado del Ejecutivo, la opción está sobre la mesa. De hecho, desde agosto del año pasado se han dado varios cruces de comunicaciones entre los voceros autorizados de ambas partes e, incluso, la exsenadora Piedad Córdoba aseguró que existe la posibilidad de que a más tardar en julio estén libres todos los secuestrados, condición necesaria, junto al cese de los actos de terrorismo, para que el Gobierno nacional se siente en cualquier mesa de negociación. A este positivo panorama se suman gestiones que parecen concretar encuentros en Europa.

Tantear el terreno, por supuesto, no es garantía de que por fin la guerra en la que nos encontramos inicie su culminación. Tampoco quiere decir que una experiencia como la del Caguán vaya a repetirse. Sólo significa que la presente situación del país le está permitiendo al Gobierno no sólo mantener la puerta abierta —algo que han hecho todos los gobiernos anteriores, incluida la administración de Álvaro Uribe—, sino considerar la salida negociada como una posibilidad difícil pero viable y realizar esfuerzos en esa dirección. Esfuerzos que deben aplaudirse, pues es claro que la paz no se conseguirá a la fuerza. La insurgencia colombiana, y en especial las Farc, no sólo han aprendido a resistir, en su guerra irregular, la asimetría de la fuerza entre ellos y el Estado, sino que tienen una parte de su grupo refugiado en Venezuela, país que, incluso si se decidiera a enfrentarlas, no es muy claro que pueda hacerlo; el presidente Chávez, finalmente, se ha armado y entrenado para otro tipo de conflicto.

La fuerza, parece claro, contendrá a las guerrillas, reducirá sus efectos y mantendrá la gobernabilidad, pero no logrará la paz. Ésta sólo es posible mediante la desmovilización y, por tanto, algún proceso de negociación. De aquí que se celebre la postura del Gobierno y se espere que los esfuerzos rindan frutos. Sin embargo, conviene no caer en el optimismo ingenuo. En efecto, las Farc se han debilitado. Se cree que, de tiempo completo, éstas cuentan ya con sólo 7 mil efectivos y su cúpula se ha fragmentado, de la misma forma que lo ha hecho, desde hace ya mucho tiempo, su legitimidad. No obstante, este debilitamiento, contrario a lo que muchos parecen creer, no es necesariamente una autopista directa a la negociación. A estas alturas no es muy claro que la jerarquía de las Farc se mantenga fuerte y, por tanto, que cuente con líderes que puedan hablar y decidir por todos los demás.

El debilitamiento del grupo tiene también la consecuencia de que puede ser más rentable seguir delinquiendo que aventurarse en un complejo proyecto político, por lo cual, o bien no quieran negociar, o bien sus peticiones lleguen a ser ridículas. Aunque adelantarse a los acontecimientos parece precipitado e innecesario —y tal vez lo sea—, de todas formas lo cierto es que abonar el terreno para la negociación es también definir, así sea con poca precisión, los límites de lo que el país estaría dispuesto a dar a cambio de la desmovilización de las Farc. Las liberaciones son sin duda importantes: inocentes privados de su libertad vuelven a la vida. Sin embargo, tienen el nocivo efecto tanto de ofrecer demasiados medios, como de generar demasiado entusiasmo. Todos los gobiernos han querido siempre firmar la paz, el problema ha sido cuál es el precio que el país está dispuesto a pagar.

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2011-02-09T23:00:00-05:00

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