La muerte de un pacifista

AUGUSTO RAMÍREZ OCAMPO, LÍ-der conservador, exconstituyente y excanciller de la República, murió el martes, a sus 77 años, por una afección cardíaca.

Las precisiones sobre su carácter convergen: creyente de las instituciones, defensor de los derechos humanos y auténtico pacifista. Precisiones que llegan, sin embargo, con la explícita aclaración de que si bien los reconocimientos saben, mejor que cualquier otra confesión, inflar los adjetivos, de lo que se trató fue realmente de un verdadero hombre público, o mejor, de lo público. Uno que podría tenerse por ingenuo sólo si su convencimiento no hubiese atravesado su historia de vida y un centenar de proyectos. Su firmeza logró que en la llamada ingenuidad no pudiera reconocerse sino el más honesto humanismo. Aquel que lo obligó a apoyar la Constituyente, a participar en la escritura de la Carta, y a poner, desde entonces, su trabajo a disposición de su cumplimiento. Más aún, a creer “en la diplomacia, no en la plomacia” y a buscar, contra todos los pronósticos, la salida negociada del conflicto.

Su proyección en la vida pública comenzó, de hecho, como baluarte de las políticas de paz del expresidente, también conservador, Belisario Betancur. Bajo su línea se encontraron, durante toda la década de los 80, los intentos de acercamiento entre el Estado nacional y las guerrillas insurgentes. La salida, realmente lo creía, no estaba en las armas. Y cuando fue canciller, buscó posicionar ante la comunidad internacional la idea de que en Colombia podía llevarse una negociación de paz. El desafortunado episodio del Holocausto del Palacio de Justicia en noviembre de 1985 dejó, sin embargo, mal parada su estrategia. Pero no hizo lo mismo con sus convicciones. También desde el Ministerio de Relaciones Exteriores abogó por la paz en el continente en un momento en que muchos analistas consideraban que era inevitable la generalización y extensión de la guerra interna de cuatro de los países más importantes de Centroamérica.

De aquí, sin duda, el más grande logro de Ramírez Ocampo: la conformación del Grupo de Contadora entre Colombia, México, Panamá y Venezuela. Fue este el esfuerzo diplomático que evitó una guerra general en la región central del continente. Una aproximación con los países latinoamericanos que supo llegar, además, en momento oportuno: la crisis económica derivada de la segunda contracción petrolera, que comenzaba a hacer sentir sus efectos en el mundo en desarrollo con la llamada crisis de la deuda. Ramírez Ocampo impulsó difíciles concertaciones sobre el tema y, siguiendo su vocación institucional, promovió reformas en la OEA, al tiempo que gestionó la aproximación de Colombia a nuevos países para restablecer el equilibrio. Del Grupo de Contadora se inspiró el Grupo Río y se fomentaron, además, las relaciones que dieron nacimiento al G-3. Un buen tiempo para la política exterior de Colombia, también, a pesar de todos los pronósticos.

Su vocación de paz volvió a orientarse hacia los asuntos domésticos durante el gobierno de Virgilio Barco cuando se abrieron de nuevo los espacios que conservaban la idea de llegar al fin del conflicto armado por vías políticas. Con estas nuevas discusiones, se adelantó el camino hacia la reforma de la Constitución del 86. Ramírez Ocampo ocupó una de las curules y desde entonces siguió, como demócrata convencido, navegando contra viento y marea, y defendiendo sus logros. “El más grave riesgo que ha tenido esta Constitución fue la intentona de una segunda reelección que hubiera elegido a un presidente de 12 años y quién sabe de cuántos años más, creando una autocracia”, aseguró en una entrevista. No se equivocó. Ni tampoco lo hará la historia en proteger su legado.

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