¿Otro humedal menos?

CUANDO JUANES TUVO QUE DIVIdir su presentación en tres conciertos separados hace dos años, quedó claro que la infraestructura para espectáculos en la capital era, en el mejor de los casos, precaria.

Al poco tiempo, el Instituto Distrital de Recreación y Deporte (IDRD) y el entonces alcalde Samuel Moreno anunciaron la designación de terrenos para alzar un gran centro de eventos. El lugar: los predios aledaños al parque Salitre Mágico. Un área de 10.000 m² en el centro de Bogotá y con importantes troncales de acceso: la Avenida Eldorado, la calle 63 y la Avenida 68. Mejor, imposible. Faltó, no obstante, mencionar un detalle al parecer despreciable para las autoridades: la enorme concha acústica y sus actividades estarían en una zona que afecta, nada más y nada menos, un humedal. Uno que, no sobra destacar, ni siquiera ha sido perjudicado por las aguas negras de la ciudad.

Se trata de siete hectáreas —una de área inundable y seis de bosque— que funcionan intactas, en medio de la contaminada capital, como reguladoras del ciclo hídrico, productoras de oxígeno, retenedoras de polvo, controladoras de la temperatura, refugio de biodiversidad, además de servir como aulas vivas para el aprendizaje, el conocimiento y la investigación. Si a esto se suma que en la sabana a principios del siglo pasado había 50.000 humedales y hoy sólo quedan 800, queda claro que lo que para los jefes del Distrito era un detalle menor, para los ciudadanos no lo fuera tanto. Algo con lo que, por demás, concordaron los concejales. Fue por eso que votaron a favor de una iniciativa que volvía al Humedal de El Salitre área protegida. Sin embargo, María Fernanda Campo, en su momento alcaldesa encargada y actual ministra de Educación, se negó a sancionar la iniciativa. Según su criterio, el establecimiento de las áreas protegidas es competencia exclusiva de la administración distrital.

La comisión accidental para evaluar objeciones, integrada por los concejales Carlos Guevara, del MIRA, Orlando Santiesteban, del Polo, y Clara Sandoval, de la U, deberán explicar, a mediados de julio, si aceptan la objeción de la Alcaldía. En caso negativo, el acuerdo será enviado al Tribunal Administrativo de Cundinamarca para una decisión final. Con el objeto de presionar por la protección de lo que es un patrimonio natural de todos los bogotanos, los residentes de los alrededores y demás militantes, hoy, organizan una marcha acompañada de expresiones culturales. El punto de encuentro: la 68 con 63, a las 9:00 a.m. Y hacen bien en protestar. ¿O acaso por qué habría de perder la ciudad un pulmón interno lleno de valiosa biodiversidad entre la que se encuentran 77 especies de aves?

Más difícil de explicar es por qué, de los 800 humedales de la sabana, apenas 13 son áreas protegidas. O mejor, por qué la legislación en Bogotá es tal que el reconocimiento de un ecosistema —en este caso el humedal— debe ser declarado “área urbana protegida”. No es habitual que en la existencia real del espacio natural y su conservación medie una figura especial. Es como si todos los bosques del país, o los páramos, debieran ser área protegida para que no fueran destruidos. No obstante, en la capital, la única forma de que los ecosistemas sean respetados es si el Distrito les otorga esa categoría. Es claro que en una proporción 800 contra 13 no están todos los que son, aunque sigan siendo humedales y no deban perderse. Valdría la pena aprovechar el debate actual para revisar la normativa. No tiene sentido permitir sobre los ecosistemas, a menos de que éstos se encuentren en el selecto grupo de los protegidos, cualquier desarrollo.

 

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