La propuesta de Petro

El alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, nos tenía acostumbrados a dar anuncios controversiales sobre sus futuras políticas, logrando trasladarlos con éxito al debate nacional. A veces por su talante político, a veces por ser una figura polémica y muchas veces molesta para algunos sectores.

Le bajó un poco, hay que aceptarlo, pero apareció nuevamente diciendo (a la ligera) que estaba pensando en crear unos Centros de Atención Médica para Adictos a las Drogas (Camad) en Bogotá.

Inmediatamente saltaron indignadas algunas personas. Concejales, periodistas, funcionarios públicos, entre otros, fustigaron la propuesta a más no poder, dejándola en el aire y transformando su esencia y significado. Pensaban, acaso, que lo que proponía el alcalde eran unos centros de recreación: un lugar para que los jóvenes fueran a divertirse de manera controlada, metiendo droga suministrada por el Estado y del bolsillo de los colombianos. Pero no. No se trata de eso. A los moralistas, que tachan de malo todo lo que no tenga que ver con castigo al consumidor o con combatir la droga a bala limpia, hay que abonarles algo: el alcalde fue muy precipitado, fue poco claro.

Pero más allá de la propuesta de Petro, sorprendieron las declaraciones del procurador General, Alejandro Ordóñez: “se la fumó verde”, dijo. Increíble. Muchas voces lo dicen al unísono: la Procuraduría debe tener un funcionario con las calidades de juez, que se ocupe de estudiar y fallar sobre los líos disciplinarios (que Ordóñez también lo hace) de los servidores públicos, y no un justiciero moral. No puede emprender una cruzada para que todos seamos aconductados a la fuerza. Ya se retractó, es cierto —e importante—, pero en la carta que mandó al alcalde parece no entender muy bien cuál es la propuesta: le preocupa que se hagan centros para distribuir estupefacientes gratuitos a los adictos. Y tampoco se trata de esto.

Pasemos la hoja de las reacciones y entremos de lleno en la propuesta. Lo primero es establecer una diferencia clara: algo hay de un lugar de recreación a un Camad. Entenderlo es esencial. Los centros médicos son lugares focalizados en habitantes de la calle y ciudadanos pobres, que atenderían a pacientes crónicos para suministrarles, de manera controlada, drogas lícitas contra la ansiedad, como morfina o metadona. Para establecer tratamientos, para evitar la propagación del VIH con las agujas de los heroinómanos, para prevenirlos en cuanto a la calidad de los narcóticos. Pero, sobre todo, para entender el mundo de las drogas, que es lo que menos hacen los promotores de la moral.

Si en Colombia existe la idea de que las drogas son un problema de salud pública y no de orden policivo, es importante que en Bogotá se dé el primer paso para ello, entendiendo al adicto como enfermo y no como un delincuente.

Algo muy importante también está en juego y es que, en general, la orientación básica de la medida busca romper con la marginalidad de los usuarios, asunto que, como coinciden los expertos, muchas veces es más dañino que las drogas e incluso que la adicción.

Es, entonces, una buena idea. Sin embargo, una iniciativa que en teoría suene muy bien, puede fracasar en sus detalles. Ahí es donde Petro debe cuidarse. Por ahora contamos con algunos estudios, algunas cifras, unos relatos, un estudio cualitativo bastante completo. Pero hay que tener un respaldo técnico mucho mayor para emprender una política pública tan importante: análisis de prospectiva, de riesgo, diferenciación de los tipos de consumidores, tratamientos posibles, presupuestos. Algo, en fin, mucho más completo.

El estudio no se puede quedar en veremos. Debe ser un éxito, y para ello hace falta más serenidad, más preparación, más conocimiento del tema que se trata.

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2012-08-10T00:00:51-05:00

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Editorial

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