Crecimiento sin desarrollo

EN 1963, COLOMBIA TENÍA UN PIB PER cápita diez veces más grande que el de Corea. Hoy en día, Corea tiene un ingreso per cápita diez veces más grande que el de Colombia. ¿Qué ha ocurrido en este casi medio siglo?

Ciertamente, no se puede alegar que el país haya tenido un desempeño desastroso ni que sus políticas económicas hayan sido enteramente erráticas. Por el contrario, a excepción de 1999, el país ha gozado de un crecimiento sostenido que lo llevó, incluso, a marcar una diferencia en América Latina. No sobra, entonces, preguntarse: ¿qué le ha faltado?

Si se compara el caso colombiano con los exitosos países asiáticos, varias son las carencias y las anomalías que precisan una revisión. Hasta hace muy poco, para empezar, los niveles de impuestos en Colombia han sido bastante bajos y las tasas de ahorro profundamente irrisorias. En 1992, la tasa de ahorro en relación con el PIB era de 18,2 y se pasó, en 2000, a 11,6. Desde entonces, aunque con alzas, los niveles siguen siendo insuficientes.

Mientras que casi sin excepción la mayoría de los países que dieron el gran salto lograron modernizar sustancialmente sus estructuras agrarias, Colombia no ha dado un solo paso en la dirección correcta y en cambio sí muchos hacia atrás. A partir de la apertura económica del gobierno del presidente Gaviria, en la década de los 90, se dio una disminución de las áreas cultivadas y se creó una dependencia en productos que, como el trigo, han dejado de producirse. Desde entonces el sector agrario es comparativamente uno de los sectores que menos crece.

Y ello para no insistir demasiado en el tema de la concentración de las tierras en manos de terratenientes. Ésta, que ha sido una constante en la historia colombiana, llega ya a cifras alarmantes de la mano del conflicto, los desplazamientos de campesinos, indígenas y comunidades afrodescendientes y la contrarreforma agraria protagonizada por los paramilitares e incentivada por la complicidad de algunos poderes locales.

A lo anterior hay que sumar la precariedad de nuestra infraestructura. Según el propio Banco Mundial, ponerse al día le costaría al país una suma aproximada de US$10.000 millones. El estado de las carreteras, los puentes y los puertos, por todos conocido, no permite pensar que el país esté próximo a una inserción real en el mundo del desarrollo.

 En Colombia, para dar un ejemplo dramático, transportar la materia prima importada desde el puerto hasta el centro de procesamiento tiene un precio de 53 dólares por tonelada. En los Estados Unidos, para una distancia que puede ser tres veces la nuestra, el precio es de 14 dólares.

A su vez, la casi nula inversión en ciencia y tecnología particularmente preocupante en el caso de la escaza participación de la empresa privada completa el cuadro de las carencias y anomalías que nos impiden abordar con seriedad el camino hacia el desarrollo.

Se sabe que Colombia invierte el 0,37 de su PIB en ciencia y tecnología; pero se sabe también, y la diferencia es dramática, que en promedio los países desarrollados invierten el 4%. Sin una política ambiciosa que incentive la investigación y permita que se la considere algo más que un lujo al que sólo los países ricos pueden apuntarle, muy poco es lo que se avanzará.

Ahora bien, también es cierto que la carencia más marcada, en lo que tiene que ver con el desarrollo, se ubica en las mismísimas entrañas de la política. El problema del desarrollo simplemente no existe en la agenda de nuestra vida pública.

 Temas como el conflicto, la seguridad y la corrupción, comprensiblemente, han acaparado toda la atención. El camino hacia el desarrollo, en la mitad de un conflicto agudo que por momentos parecería limitar cualquier posibilidad de pensamiento al margen de su confrontación y resolución, no parece ser una prioridad.

Nos contentamos entonces con constatar que hemos vuelto a la senda del crecimiento, gradual y sin sobresaltos: algo bueno, pero insuficiente. Es hora de traer el tema del desarrollo al centro del debate.

 

 

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