Después de la marcha

LA MARCHA DEL DOMINGO, COMO SE esperaba, fue todo un éxito, y el reclamo vehemente por la libertad de todos los secuestrados deja a las Farc frente a una disyuntiva y ante una tremenda responsabilidad histórica: o liberan a los rehenes y entran en un proceso de paz, o se obstinan en tenerlos cautivos y se exponen ya no sólo al repudio unánime de la sociedad, sino también a su exterminio como grupo guerrillero.

La activa participación de los colombianos y el apoyo recibido en el exterior, en donde se hicieron oír por igual los gritos de solidaridad con las personas que injustamente se encuentran secuestradas en las selvas, constituyen un claro ejemplo del hastío y el rechazo frente a las prácticas delictivas de las Farc.

Ahora que la masiva movilización tuvo lugar, es necesario pensar en lo que viene. La marcha contó con la participación de diferentes sectores de la sociedad colombiana, incluida la oposición, y por tanto no es simplemente un cheque en blanco al Gobierno del presidente Uribe. Esa no era su finalidad, aun cuando más de uno desee convertirla exclusivamente en un espaldarazo a la política de seguridad democrática —tras la entendible emoción por la exitosa ‘Operación Jaque’— o en una señal de que todos los marchantes refrendan la segunda reelección.

Esta gran marcha ha sido, ante todo, un gigantesco gesto de apoyo a los secuestrados. No por esto los pocos que se opusieron a ella pueden argumentar que la visibilización del secuestro se hace en detrimento de otros crímenes. Si bien la marcha tuvo un componente mediático que sería ingenuo negar, pasar a sugerir que se está llamando la atención frente a un crimen para tapar y menospreciar otros, no es exacto ni constructivo. Esto sería caer en lo que en este mismo espacio denominábamos “un falso dilema” y que no es otra cosa que la viva expresión de la extrema polarización a la que nos han conducido las Farc y su incapacidad de atender los llamados de una ciudadanía que exige el cese de sus actividades criminales. Desde entonces, al que ataca a las Farc se le acusa fácilmente de comulgar con los paramilitares y sus crímenes, y a quienes valerosamente se les oponen a éstos, se los encajona arbitraria e irresponsablemente en las filas de los que comulgan con las prácticas delictivas de las guerrillas.

A diferencia de las dos últimas marchas, la del 4 de febrero y el 6 de marzo, en donde la ciudadanía se movilizó para manifestar primero contra las Farc y luego contra los crímenes del paramilitarismo, la marcha del 20 de julio planteó la posibilidad de que los anhelos de libertad y de justicia se unieran en una misma voz. Si bien la marcha contó con un énfasis en el repudio al delito de secuestro practicado sistemáticamente por las Farc, y en ese sentido la voz de quienes salieron a marchar por ese motivo fue la gran protagonista, también es cierto que otras voces se hicieron oír. Fecode, así como también miembros del Polo y de corte independiente, para dar un ejemplo, estuvieron presentes a la hora de ejercer presión contra todas las formas de violencia inhumana contra las personas.

Antes de caer en la tentación de la polarización, con lo que en realidad sólo se le está haciendo el juego a lo que se quiere desterrar, mejor haríamos entonces en pensar los caminos para alcanzar la paz. Esta es una tarea libre de colores políticos que cuenta con el apoyo de la impresionante masa de personas que salió a las calles. Se trata, en últimas, de una auténtica movilización colectiva que no se puede menospreciar con el argumento de que es sesgada y sólo busca hacerles eco a quienes desean que uno de los males que nos aquejan, y no todos, desaparezcan.

Las voces de las otras víctimas, los indígenas y los líderes de la izquierda asesinados, los campesinos, los refugiados que viven como ciudadanos de segunda categoría en países limítrofes, la enorme cantidad de desplazados que habitan las ciudades y las poblaciones de afrocolombianos no pueden seguir siendo ni relegadas ni entendidas como antagónicas.

Hemos dado un paso y algo quedó claro para siempre: la práctica del secuestro no puede seguir existiendo. Podría decirse que casi no hay familia colombiana que no haya enfrentado el dolor ocasionado por la pérdida de uno de sus miembros, sin distingo de clase, y que casi todos hemos vivido o al menos imaginado vivamente la angustia que representa saber que un ser querido se encuentra atado de pies y manos a un árbol en algún punto de la selva. Esta práctica, aun si se la  compara con otros delitos igualmente repudiables, tiene que cesar, y si las Farc no entienden y escuchan este clamor popular querrá decir que han perdido por completo su sensibilidad social y su capacidad de corregir una ruta equivocada.

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