El marchitamiento del sector floricultor

LA ECONOMÍA HA VUELTO A CONCENtrar las preocupaciones de los colombianos. Después de tres años de mejoría continua, los indicadores económicos comienzan a invertir su tendencia.

La desaceleración de la economía, el estancamiento del empleo (del empleo formal específicamente), la aceleración de la inflación y la misma revaluación del peso han complicado ostensiblemente el panorama económico. El rescate de los secuestrados ha logrado distraer la atención transitoriamente, pero los problemas económicos son insoslayables. Están ahí. Llegaron para quedarse.

Sin embargo, los problemas económicos no afectan a todos los sectores productivos por igual. El sector financiero ha multiplicado sus utilidades durante el año en curso. La minería ha seguido consolidándose como uno de los sectores más dinámicos de la economía nacional. La industria, por el contrario, ha visto menguado su ritmo de expansión. La construcción ha retrocedido. Y muchos sectores y negocios de exportación están a punto de desaparecer. El sector floricultor, en particular, enfrenta la peor crisis de su larga historia.

Después del café, la floricultura es una de las pocas historias de éxito exportador que puede contar el país. Colombia lleva ya cuarenta años exportando flores. Es actualmente el primer proveedor en los Estados Unidos y el segundo exportador mundial. Las ventas anuales superan con creces los mil millones de dólares. El impacto social del sector es sustancial. La floricultura genera casi 100 mil empleos directos y más de 80 mil indirectos.

Los empleos directos son todos formales, una rareza en el sector rural colombiano. En algunos municipios del país, la floricultura es el sustento de la economía y de las finanzas públicas. Regionalmente los empleos y los recursos fiscales son insustituibles.

La floricultura se ha visto perjudicada no sólo por la apreciación de la moneda, sino también por el encarecimiento del empleo. Mientras las empresas intensivas en capital han disfrutado de condiciones tributarias muy favorables y de la misma revaluación que ha abaratado los precios de la maquinaria importada, las impresas intensivas en mano de obra entre las cuales figuran los exportadores de flores han experimentado un encarecimiento de los costos laborales.

El salario mínimo, expresado en dólares, se ha duplicado durante los últimos tres años. De nuevo, la floricultura no se ha beneficiado de las facilidades tributarias para la inversión en capital que constituyen la esencia de la política económica del Gobierno.

La floricultura se ha beneficiado de algunos subsidios directos que ha entregado el Ministro de Agricultura y Desarrollo Rural. Pero los subsidios no resuelven el problema. La solución del problema requiere, primero, que el Gobierno modere sus gastos con el fin de permitir una mejor coordinación de la política macroeconómica.

 El menor gasto no significa el fin de la revaluación, pero sí puede facilitar el papel del Banco de la República y evitar alzas futuras en la tasa de interés. También se requiere una revisión de los costos laborales, sobre todo de los costos extrasalariales. Por su parte, el sector debe aumentar la productividad y la competitividad internacional. La mayoría de los analistas auguran que el dólar puede recuperarse levemente, pero que difícilmente superará los dos mil pesos en los años por venir. Así, los sectores exportadores deben prepararse para operar en un escenario más competitivo y menos favorable.

La economía colombiana está cambiando. Muchos analistas auguran que los sectores mineros y de hidrocarburos adquirirán una gran preponderancia. Pero estos cambios no deberían darse a costa de otros sectores.

Ya se han perdido 18 mil empleos en la floricultura. Otros muchos podrían perderse muy rápidamente. El Gobierno y las empresas deben hacer todo lo que esté a su alcance para mantener la viabilidad de un sector que le ha aportado mucho a la economía y a la sociedad colombiana. Es hora de hacer algo.

 

 

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