De esperanzas y juegos políticos

Aún sin asimilar el duro golpe de las dramáticas imágenes y apabullantes palabras de los secuestrados, pero claro ya que el proceso iniciado por el presidente venezolano, Hugo Chávez, y la senadora colombiana Piedad Córdoba iba camino de resultados tangibles, estábamos a la espera del paso siguiente que pudiera rescatar lo avanzado y mantener la esperanza de un acuerdo humanitario para poner fin a la tragedia de los secuestrados por las Farc y de sus familias.

Comenzando la semana, el presidente Uribe y su Comisionado de Paz dieron muestras de querer seguir jugando con esa esperanza, al presentar una propuesta de acuerdo humanitario condenada al fracaso, pues pretende —de nuevo, como en la liberación de Rodrigo Granda y de más de un centenar de guerrilleros— imponer condiciones sin mediar siquiera un cruce de cartas con los secuestradores. Difícil creer que un acuerdo humanitario esté más cerca apenas con “investir de poderes” al Comisionado de Paz —ignorábamos que no los tuviera, creíamos que su inoperancia en el tema se debía al rechazo de las Farc a su interlocución, que sigue vigente— y esperar que los guerrilleros presos se acojan a la Ley de Justicia y Paz o se desmovilicen —pues eso es en la práctica lo que ofrece el decreto tan promocionado esta semana—. Las condiciones no son diferentes de las que siempre han estado sobre la mesa, salvo quizás porque ahora existe un formulario para que los guerrilleros llenen, lo cual más parece un mal chiste que un avance.

Al final de la semana, sin embargo, llegó una nueva propuesta, que incluye la disposición presidencial a permitir una zona de encuentro temporal, además de millonarias recompensas para quienes se desmovilicen y entreguen secuestrados. Falta aún saber si ese despeje —que sería un gran avance, en tanto rompe uno de los llamados “inamovibles” del Gobierno— es para acordar con las Farc las bases para el acuerdo humanitario o si solamente pretende que allí lleguen los representantes de los secuestradores a firmar el formulario de marras. De ser esto último, el gran paso hacia el acuerdo humanitario que hoy celebramos terminaría siendo otra falsa expectativa.

Mientras eso se clarifica y a la espera de que las Farc acusen recibo del rechazo que provocó en el mundo ver la condición infrahumana en que mantienen a los secuestrados y actúen en consecuencia, lo cierto es que el afán del Gobierno por mantener la puerta abierta, su ofensiva diplomática para intentar demostrar que no ha torpedeado una salida, la aceptación del despeje y el hecho de que el Presidente haya reiterado “ante los colombianos y ante la comunidad internacional la determinación de hacer el intercambio humanitario” no son hechos que se puedan soslayar. Indican que la presión internacional es grande y que el tema no ha muerto a pesar de las estocadas que ha recibido.

Los mensajes públicos del presidente francés, Nicolás Sarkozy; su expresa asignación “como obligación obtener un resultado” y el anuncio de que representantes de su gobierno han entrado ya en contacto con las Farc, hacen renacer la esperanza de que con su impulso e imparcialidad se puedan recuperar los contactos. Otros actores internacionales y la Iglesia, además, se asoman como promisorios facilitadores.

Las esperanzas, pues, renacen. Pero es hora de dejar de jugar con ellas en busca de beneficios políticos. O de excusas. Lo dijo también Sarkozy respecto de sus esfuerzos: “Con la discreción que se impone”; así es como deben actuar en adelante todos cuantos tengan algo que aportar. Seguir abrigando esperanzas con vanas ilusiones resulta tan inhumano como dar la espalda a la infamia que están viviendo los cientos de compatriotas que amanecen cada día encadenados en las selvas. Su tragedia, que es la nuestra, merece ante todo mucha seriedad.

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