La guerra y la paz

COMO LO DEMOSTRÓ LA SILLA VACÍA de Tirofijo en el Caguán, para hacer la paz se necesitan dos. No había un presidente más dispuesto a pactarla con generosidad que Andrés Pastrana, pero después de varios años de esfuerzos pacíficos inútiles, los colombianos eligieron a Álvaro Uribe como una manera de responder con guerra a la burla que las Farc le hicieron al anterior mandatario de Colombia: fingieron que estaban dispuestos a firmar la paz y se dedicaron a secuestrar y a fortalecerse militarmente. Ese error histórico lo están pagando con las sucesivas derrotas de los últimos meses.

Para hacer la paz se necesitan dos y en este momento en el país no hay uno, ni dos, sino solamente medio que está listo a firmar la paz: el Gobierno está medio dispuesto a emprender un proceso de reconciliación siempre y cuando las Farc acepten que son ellas, y no el Estado, las que deben someterse. Voceros de las Farc, al mismo tiempo, declaran con tozudez que no dejarán las armas y que con este gobierno no se sientan a una mesa de negociaciones. Ante una situación así, es inútil que nos dediquemos a la retórica de las buenas intenciones: en este momento la paz está en un callejón sin salida, pues mientras los grupos insurgentes sigan alzados en armas, al Estado no le queda otra alternativa que combatirlos también con armas.

La guerra no es nunca una buena noticia: seguiremos teniendo más muertos, más soldados heridos y mutilados, más sufrimiento de civiles y militares secuestrados, más guerrilleros aniquilados por el delirio revolucionario de sus comandantes, más presupuesto para las armas y menos para la salud, la educación, la vivienda y otras urgencias. Sin embargo, la mala noticia de la guerra viene con otra noticia menos mala: al menos esta guerra no la estamos perdiendo, sino que evidentemente la victoria está del lado del Gobierno y del deseo de la inmensa mayoría de los colombianos. Nunca antes había sido tan evidente que las Farc están perdiendo la guerra.

En este escenario cerrado para la paz, ¿cómo abrir al menos alguna rendija a la posibilidad de un armisticio? Quizá la mejor opción venga de afuera. Después de varios años en que Uribe parecía un simple aliado de Bush y un presidente aislado en Latinoamérica, su situación –con las últimas liberaciones incruentas– parece haber cambiado: el presidente es visto con mejores ojos en el continente. Fuera de un Ortega a quien pocos toman en serio, el mismo Chávez ha moderado mucho su lenguaje, y Lula y Bachelet están de parte del Gobierno colombiano. La diplomacia y la política exterior colombiana, estrenando un canciller mucho más agudo y hábil para moverse en el escenario internacional, tienen una oportunidad.

¿Cómo puede el gobierno Uribe utilizar este ‘capital diplomático’ en favor de la resolución pacífica del conflicto en nuestro país? ¿Cómo se puede transformar esta nueva fase de las relaciones entre Colombia y la región en una herramienta que permita la solución pacífica al conflicto colombiano? ¿Cómo sacarle provecho a este cuarto de hora de fama regional por el que atraviesa la administración Uribe?

Hay nuevos aliados que podrían diseñar escenarios de acercamiento y acompañamiento en un eventual proceso de paz. Queda claro hoy que el único interlocutor posible no es Chávez. Hay gobiernos que pertenecen a una izquierda mucho más moderada y que pueden constituirse en terceros actores que le den más tranquilidad al Gobierno colombiano y que a la vez sean eventualmente escuchados por las Farc. Ante el desgaste de las organizaciones internacionales después de varios intentos y fracasos como mediadoras, facilitadoras o verificadoras de diversos procesos de paz en Colombia, el escenario regional luce hoy más prometedor que hace algunos meses.

Pero la posibilidad de un acompañamiento, cualquiera que sea la forma que adopte, impone retos tanto para el Gobierno como para la guerrilla. El Gobierno, que va ganando, podría ser más generoso, con la inmensa ganancia en recursos y en vidas humanas que habría si la guerra se acorta. La guerrilla, que está arrinconada, podría ser más inteligente y menos fanática. En este momento le convendría mucho más entrar a un proceso de paz con garantías, que seguir cuesta abajo por el camino del exterminio.

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