La hora de las decisiones

HASTA HACE ALGÚN TIEMPO, EL manejo de la economía nacional era
rutinario. Las reuniones de la Junta Directiva del Banco de la
República sólo despertaban el interés de unos cuantos especialistas.
Los periodistas económicos se veían en aprietos para suscitar un
mediano interés en la conducción de una economía en piloto automático.

Pero las cosas han cambiado. El viernes pasado, la reunión de la Junta del Banco de la República terminó bien entrada la noche y la expectativa nacional era evidente. Los reporteros económicos transmitían con una excitación anteriormente reservada para los acontecimientos de orden público o los dramas deportivos. La macroeconomía, en últimas, está de moda.

La revaluación del peso, el aumento de la inflación, la desaceleración de la economía, todo unido a las convulsiones externas, han puesto el tema económico en primera plana. Ya el piloto económico no funciona. Es hora de tomar decisiones. Pero los conductores de la economía parecen no ponerse de acuerdo. El Gobierno le pide al Banco de la República, con respeto en privado y con desenfado en público, que reduzca la tasa de interés con el fin de evitar una mayor apreciación de la moneda. El Banco de la República le pide al Gobierno, con sigilo tanto en público como en privado, que reduzca el gasto público con el fin de aliviar la revaluación del peso. El Gobierno dice que el apretón monetario fue excesivo. Y el Banco Central afirma que el apretón fiscal ha sido insuficiente. En medio de los reclamos mutuos, la coyuntura sigue complicándose.

En la reunión del viernes, el Banco de la República decidió mantener la tasa de interés de referencia en el nivel actual. Esta decisión, salomónica para unos, irresponsable para otros, indiferente para los demás, no resuelve el problema de la revaluación, y tampoco ataca el problema de la inflación. La decisión fue unánime, pero la unanimidad esconde las grandes diferencias entre el Gobierno y el Banco de la República, y disfraza transitoriamente la descoordinación entre la política monetaria y la fiscal que caracteriza la actual coyuntura económica.

La coordinación de las políticas, un imperativo en la actual coyuntura, requeriría, en primera instancia, un ajuste fiscal significativo. El recorte de diez billones de pesos, anunciado por el Gobierno hace unos días, es un sofisma de distracción, una forma hábil de evadir la responsabilidad en lugar de asumirla. El recorte está calculado sobre el llamado anteproyecto de presupuesto (un inventario exhaustivo e irreal de las demandas de cada ministerio) y no constituye por lo tanto un recorte verdadero. El mismo Presidente señaló, en la Convención Bancaria, que el Gobierno no parece dispuesto a recortar el gasto público. “Nosotros tenemos unos imperativos de gasto público bien difíciles de evadir”, dijo la semana anterior ante cientos de banqueros.

Una vez hecho el ajuste Fiscal, el Banco de la República podría disminuir la tasa de interés, lo que implicaría una coordinación más armónica entre el Gobierno y el Banco, entre la política fiscal y la monetaria. Pero el Gobierno debe tomar la iniciativa y reducir el gasto. Infortunadamente, el Gobierno parece insistir en los sofismas de distracción. Este fin de semana, el presidente Uribe propuso un acuerdo de precios entre los gremios y los sindicatos para controlar la inflación: “Colombia tiene hoy muchos almacenes de cadena que pueden ayudar en un acuerdo de precios que permita mitigar esta tendencia inflacionaria” dijo el Presidente en un Consejo Comunitario. Los acuerdos de precios son no sólo inocuos, sino también perjudiciales. Son una forma de evadir los problemas y de posponer lo que toca: un recorte del gasto que permita una mayor y mejor coordinación entre las autoridades económicas.

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