Los clubes privados y la discriminación

HA RESUELTO LA SEMANA PASADA la Corte Constitucional una tutela
ejemplarizante en favor del niño Simón López Simmons, a quien el Club
Los Lagartos de Bogotá le había negado la afiliación en calidad de hijo
de socio por no ser “legítimo”.

Argumentaba la Junta Directiva de dicho club social —y lo más insólito es que un juez de tutela le había dado la razón— que sus estatutos solamente permitían “la inscripción de los hijos de los socios que tengan la calidad de legítimos, adoptivos o hijos legítimos del cónyuge”.

La decisión de la Corte no deja espacio para debate alguno. El anacronismo de que a comienzos del siglo XXI —la solicitud de afiliación la hizo el padre del niño, Mauricio López Bustamante, en agosto de 2001— todavía alguien siga pretendiendo discriminar entre hijos matrimoniales y extramatrimoniales contraría las muchas batallas y los avances notables de los últimos tiempos en el país en pos de las libertades y de la igualdad.

La discriminación en razón del tipo de relación que deciden libremente tener los padres es, además, a todas luces inconstitucional. El artículo 42 de nuestra Carta Política expresamente señala que “los hijos habidos en el matrimonio o fuera de él, adoptados o procreados naturalmente o con asistencia científica, tienen iguales derechos y deberes”, y ya una sentencia de la misma Corte Constitucional había retirado en 1994 el calificativo de “legítimos” —que los estatutos del Club Los Lagartos se empeñaban en mantener hasta la semana pasada— de varios artículos del Código Civil.

Huelga agregar que el despropósito era mayor en tanto afectaba a un menor —cuatro años tenía Simón cuando le fue negado su ingreso como hijo de socio al club—, cuya condición de vulnerabilidad obligaba de manera especial a garantizarle todas la condiciones para el ejercicio pleno de sus derechos a la igualdad, a la honra, a la intimidad y a la recreación.

Pero si la decisión en el caso concreto del niño Simón López Simmons no permite discusión y lo que extraña antes bien es que su padre haya tenido que librar una batalla de siete años para ver finalmente protegidos sus derechos, sí plantea un debate de mayor dimensión sobre las formas de discriminación de diverso tipo que se suceden en muchas de estas asociaciones privadas.

Suelen, en efecto, traer a colación estas corporaciones —y el club Los Lagartos lo hizo en este caso— el derecho fundamental de asociación para argumentar que por ser entes privados pueden darse el reglamento que a bien consideren y que sería un atropello que se intervenga en “el querer de una comunidad autónoma y organizada que ha optado por unas reglas determinadas”, como aseguró el juez de tutela que inicialmente rechazó las pretensiones de López.

Línea delgada sin duda la que en muchos casos menos evidentes que el de Simón separa el derecho de asociación del de la no discriminación. En su decisión particular de esta semana, la Corte alcanza a esbozar el principio de que la libertad de asociación no debe “prevalecer sobre los derechos fundamentales de las demás personas, naturales o jurídicas”. En esa línea ya ha habido fallos en favor, por ejemplo, de personas a las que por su raza no se les permitió la entrada a bares y discotecas. Pero vale preguntarse si dicho principio tendría el mismo alcance frente a situaciones como, por ejemplo, la prohibición a las mujeres de entrar a ciertos salones de los clubes sociales o la muy antipática obligación en muchos de ellos de que las personas al servicio de las familias se mantengan uniformadas de blanco para evitar una “mezcla”.

Difícil que los clubes privados puedan seguir de espaldas a la evolución de la sociedad y a la globalización de las costumbres y de los derechos. Y no se trata solamente de un parroquialismo tropical colombiano. Hasta no hace mucho, ver a Tiger Woods como el ícono del golf mundial hubiera sido impensable porque, como escribió Eduardo Galeano, “el golf era un deporte donde la función natural de los negros consistía en cargar los palos al hombro y recoger pelotitas”. Famoso fue también el intento de boicotear el Masters de Augusta de golf hace un par de años porque el club donde se juega no acepta la afiliación de mujeres. Es inevitable que la fuerza de una sociedad en evolución se vaya imponiendo tarde que temprano sobre la caverna de los estatutos privados de los clubes sociales.

Pero si se demoran demasiado, como el Club los Lagartos lo hizo en cuanto a la discriminación de los hijos extramatrimoniales, muy interesante será ver el avance de la jurisprudencia a la par de la modernidad en todos esos otros casos de discriminación para poner en su justa valoración los derechos a la igualdad y a la libertad de asociación. Si bien esta semana se decidió un caso particular y evidente, con él se abre la puerta para que se acuda a la justicia en búsqueda del amparo de muchos otros derechos a la igualdad que los clubes sociales se pasan por la borda.

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