La OEA en Medellín: 60 años después

DURANTE ESTE FIN Y COMIENZO DE semana se reúne en Medellín la XXXVIII Asamblea General de la Organización de los Estados Americanos (OEA), esta vez para discutir asuntos relacionados con la juventud y la generación y promoción de los valores democráticos.

La reunión hemisférica cobra especial importancia debido a que este año, justamente, se conmemoran 60 años desde la fundación de la Organización, que tuvo lugar en la convulsionada Bogotá de abril de 1948. En medio de tantos cambios en el plano internacional es interesante preguntarse por el proceso de adaptación de este organismo a ese nuevo orden, por los desafíos que enfrenta y por sus posibilidades hacia el futuro.

Las organizaciones internacionales, en general, no son muy populares en las relaciones exteriores. Se les acusa de todo: de ineficiencia, de gigantismo burocrático, de ser los títeres de sus miembros más poderosos, entre otras. La OEA no es, desde ningún punto de vista, inmune a este tipo de críticas. De hecho, no hay que olvidar que fue creada justo en el momento en el que se empezaron a perfilar Estados Unidos y la Unión Soviética como los dos poderes mundiales centrales y en enfrentamiento. Ambos bloques se encontraban en un momento en el que era clave institucionalizar y consolidar sus respectivas áreas de influencia. La creación de la OEA tiene que ser vista y entendida dentro de esa dinámica y dentro de ese contexto histórico.

Además del sesgo que la historia ha impuesto sobre la Organización, hay un factor intrínseco al funcionamiento mismo de las instituciones internacionales que es imposible evadir. Éstas no son ni pueden ser espacios en los que las relaciones de poder entre Estados desaparezcan o se neutralicen. Al contrario, son una suerte de personificación de estas mismas interacciones. Todo lo que hacen es promover reglas del juego para que esas relaciones de poder enfrenten restricciones y no sean tan aplastantes. Así que pedirle a la OEA que sea una organización en la que prime un vacío político, todos sus miembros cuenten por igual y en la que la creciente hegemonía estadounidense en el área no se manifieste, es demasiado ingenuo. Una forma más realista de evaluar el papel que ha jugado (o dejado de jugar) la Organización tiene que pasar por una pregunta básica: ¿preferiríamos un hemisferio sin la OEA?

Ésta ha participado en procesos cruciales de consolidación de la democracia en el área. Sin lugar a dudas, puede afirmarse que América Latina no sólo es un lugar más democrático sino también (y quizás como consecuencia) un lugar sustancialmente más pacífico de lo que era años atrás. En gran parte, ello ha sido el resultado de las gestiones directas de la Organización (su papel, entre otros, como observador y verificador de varios procesos electorales así lo atestigua), pero también es una consecuencia clara de una labor constante de promoción de principios democráticos a todos los niveles (como lo revela el motivo que reúne a las delegaciones americanas en Medellín).

Los desafíos, claramente, son múltiples. La dinámica regional del conflicto colombiano (el único restante en el hemisferio) y la consecuente polarización política a la que ha estado sometida el área andina han servido de escenario para cuestionar la imparcialidad de la OEA. El surgimiento de un grupo importante de países con gobiernos de izquierda, más o menos radicales y más o menos críticos del poder de Estados Unidos en el área, la reta día a día.

Sin embargo, la diversidad ideológica y política de los países miembros puede fortalecerla si logra constituirse en el escenario en donde dichas diferencias se discuten y se resuelven a través de los mecanismos establecidos. Pero esa misma diversidad puede también debilitarla si en vez de convocar a sus miembros, muy a pesar de los fuertes desentendimientos que existen, aliena y excluye a un grupo de ellos. Sin duda alguna, la solidez de la OEA no sólo depende de la voluntad de sus estados miembros, sino también de su propio poder de convocatoria y su capacidad de funcionar como mediadora y facilitadora.

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