‘Ollas’: ¿más allá de la “suciedad” urbana?

EL INFORME INVESTIGATIVO PUBLICA- do el día lunes en este periódico, tras una serie de visitas de campo y de entrevistas con funcionarios distritales y expertos en el tema de la distribución y venta de drogas en la capital, llama la atención frente al creciente número de ‘ollas’ que al parecer están invadiendo Bogotá.

Según datos de la administración, en la actualidad hay más de 1.000 expendios de droga en toda la ciudad. No hay localidad en la que no se pueda conseguir alguna de las sustancias ilegales y en otras puede haber hasta 20 organizaciones dedicadas a lo mismo. Todo parece indicar que el mercado se lo reparten diferentes mafias que se encargan de distribuir las drogas ilegales –que pueden ir de la marihuana al basuco, pasando por la cocaína, las drogas sintéticas y la heroína– y de abastecer diferentes puntos de la ciudad.

El esfuerzo de las autoridades en esta materia ha sido considerable. En los consejos de seguridad el tema suele ser un momento obligado de la agenda de discusión, y en lo que tiene que ver con la estrategia y el diseño de la política antidrogas para el desmantelamiento de los expendios, existe concertación entre la Policía Metropolitana, la Fiscalía, el DAS, Antinarcóticos y la Policía Comunitaria. Es más, en lo que va de 2008 las incautaciones y detenciones duplican las de todo 2007. Una situación que llevó a la asignación de 19 fiscales especializados, uno para cada localidad, exceptuando Sumapaz,  dedicados exclusivamente a la persecución de los expendios.

Las ‘ollas’ son entonces consideradas un grave problema, un real desestabilizador que amenaza, según el propio comandante de la Policía Metropolitana, general Rodolfo Palomino, “la tranquilidad ciudadana”. Es incluso necesario, le indicó este mismo oficial al periódico, acabar con las ‘ollas’ “antes que ellas acaben con nosotros”.

Todo lo cual, sin embargo, no parece suficiente. Las ‘ollas’, aun si su número parecería crecer, siempre han existido. Borrarlas del espacio físico, hacer como si su desaparición fuese una simple tarea de “limpieza” y “remoción”, no constituye una respuesta indicada de parte de la administración de turno al dilema que su existencia plantea. Hoy El Cartucho, que existió por tanto tiempo y en complicidad con más de un poder,  lleva por nombre El Bronx y se encuentra ubicado, en realidad, a dos cuadras de donde solía estar.

Las ‘ollas’ son un reflejo de los miedos y las censuras de la sociedad a la que pertenecen. En tanto que espacios de la ciudad ocupados por personas consideradas “marginales” –y nótese que para el Estado nunca es un real misterio su ubicación– las ‘ollas’ son  fronteras físicas en las que se mezclan lo que la sociedad juzga como legal y aquello que considera ilegal. En el caso que nos ocupa, el de la venta y consumo de drogas ilegales, las ‘ollas’ terminan por constituirse en los rincones de la ciudad en los que los individuos que consumen y libran una batalla con un problema de adicción terminan convertidos, en razón a los argumentos morales que sustentan la ley del prohibicionismo, en “criminales”.

Lo que no quiere decir, de ninguna manera, que las ‘ollas’ no constituyan un real peligro o un motivo de preocupación para las autoridades competentes. Pero mientras exista un consumo, y esto lo hemos repetido varias veces en el contexto de la política prohibicionista a nivel nacional e internacional, existirá una demanda. Y si ésta se ve obligada a transitar los caminos de la ilegalidad, no habrá forma de que, a su vez, no se convierta en combustible para las ‘ollas’.

Las políticas policivas, por mucho que se insista, nada podrán frente a la organización del crimen que se lucra de la venta de lo prohibido. Ocurre en escenarios en los que la mentalidad prohibicionista que nos caracteriza se impone por igual, como es el caso de los abortos ilegales. Si no se legaliza el consumo de las drogas, con lo cual se podría regularizar su venta y mala calidad, quizás sea hora de adelantar, por lo menos, algún balance de las intervenciones que se han realizado en espacios físicos de la ciudad, que por su deterioro han sido objeto de una renovación urbana.

Acabar con las ‘ollas’, aunque deseable para la tranquilidad de la ciudadanía, es también ingenuo si lo que se quiere es implementar un proceso de “limpieza urbana” que nada puede frente a las razones de fondo que llevan a que espacios como éstos se desarrollen en la ciudad.

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