Sobre el equilibrio de poderes

EL VIERNES LA JUNTA DIRECTIVA DEL Banco de la República decidió, en uso de su autonomía, aumentar la tasa de interés.

La decisión es polémica y suscitará un intenso debate entre los analistas económicos y los representes del sector productivo. Pero el asunto que queremos resaltar en este editorial no es económico, es institucional. La Junta Directiva tomó, esta vez, una decisión opuesta a las directrices del Poder Ejecutivo.

En la instalación del Congreso, hace una semana, el presidente Uribe había señalado, entre cosas, que “nos preocupa que las tasas de interés desmotiven consumos y encarezcan producción, finalmente ésta sea reducida y se incremente la inflación… Pensamos que el exceso de confianza en el endeudamiento es asunto superado. Que la situación financiera es diferente a aquellas de vísperas de crisis. Que hay esfuerzos distintos al riesgo de estancamiento productivo para enfrentar el peligro inflacionario”. El Presidente se oponía a un aumento de la tasa de interés, pero la Junta Directiva hizo caso omiso y decidió aumentarla. A comienzos del año entrante, el Presidente nombrará dos directores del Banco de la República, nombramiento que consolidará su mayoría y le permitirá, entonces, imponer su voluntad. Los días de la independencia del Banco de la República pueden estar contados.

Pero la erosión de la división de poderes, uno de los fundamentos de la democracia liberal, no termina con el nombramiento de la Junta Directiva del Banco de la República. Este semestre el Presidente deberá elaborar varias ternas para la elección de los directores de algunos organismos de control y de los magistrados de algunos de nuestros más altos tribunales. En las próximas semanas, por ejemplo, el Presidente tiene que enviar a la Cámara de Representantes una terna para la elección del Defensor del Pueblo. Las decisiones del Presidente, sobra decirlo, son claves para mantener el equilibrio de poderes. Nominaciones dudosas o eminentemente parcializadas minarían los cimientos de nuestra democracia y contribuirían a aumentar la pugnacidad del debate político.

La coyuntura es especialmente complicada pues el Congreso, que es, en varios casos, el llamado a decidir con base en las ternas enviadas por el Presidente, enfrenta una crisis de legitimidad. Un Congreso fortalecido, independiente, es un contrapeso clave al poder nominador del Presidente. Pero un Congreso débil (no sobra advertir que el presidente del principal partido de la coalición de gobierno está preso) no lo es. Por el contrario, la debilidad del Congreso haría aún más graves unas nominaciones militantes, eminentemente políticas, por parte del Presidente de la República. Puede ser mucho pedir, pero las ternas deberían, comenzando por la del Defensor del Pueblo, incluir ciudadanos idóneos e independientes.

En la agenda futura del país tiene que haber una reforma constitucional que componga algunos de los desequilibrios creados por la aprobación de la reelección. No creemos que la reelección (por un período) deba desmontarse: ya hace parte de nuestro andamiaje institucional y un retorno al pasado puede ser inconveniente y es sin duda poco realista. Pero la Constitución Política del país debe adaptarse a la realidad de la reelección. Una propuesta de reforma en tal sentido fue presentada hace un tiempo por el Partido Liberal sin ningún éxito. El tema no debe echarse al olvido. Ahora que vivimos una época de exuberancia reformista, que se discuten reformas a la justicia y a la política, cabe insistir nuevamente en una reforma que equilibre los poderes públicos.

Por ahora, es necesario señalar que una nueva reelección contribuiría a agravar muchos de los problemas mencionados, comprometería aún más el equilibrio de poderes. Así, por el bien de nuestra democracia, no está de más reiterar que el presidente Uribe debería no sólo nominar colombianos idóneos, competentes más que leales, sino también rechazar, de una vez por todas, las pretensiones de una reforma constitucional encaminada a permitir su segunda reelección. En esta coyuntura urge mencionar la sabia advertencia de James Madison: “la acumulación de todos los poderes en las mismas manos puede ser justamente pronunciada como la definición misma de la tiranía”.

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