Un llamado a la cordura

Los participantes en el debate público tienen la obligación de detener la espiral de polarización.<br />

Estamos viviendo uno de los fines de año más convulsionados de nuestra historia reciente. Las noticias no parecen dar sosiego. De un lado, están las renuncias de funcionarios y embajadores por motivos personales. De otro, están las denuncias de amenazas y persecución, las respuestas a las denuncias, y las respuestas a las respuestas, en un ir y venir de imprecaciones mutuas. Y al mismo tiempo, están los anuncios de las Farc que anticipan, simultáneamente, el fin de la agonía para unas pocas familias y la continuación del sufrimiento para muchas otras.

A todas estas, Colombia parece concitar la atención internacional. No pasa un día sin una declaración ofensiva del presidente Hugo Chávez. Y ahora el presidente Daniel Ortega se ha sumado al coro de los agravios. Con mayor respeto, pero con igual determinación, el Presidente de Francia sigue mandando mensajes, al Gobierno y a las Farc. Y esta semana un grupo de congresistas estadounidenses decidió, en un acto desafiante hacia el presidente Uribe, mandar sendas cartas, una a Caracas y otra a las selvas colombianas, en las cuales agradecen los gestos “generosos” de Chávez y Marulanda.

Los líos internos (las renuncias y las denuncias) y los líos externos (los insultos, las presiones y los desplantes) han puesto al Gobierno en una encrucijada. Y han exacerbado el ya de por sí pugnaz y polarizado clima de opinión. La discrepancia se ha transformado en odio. Los contradictores, en enemigos. La tolerancia ha desaparecido. Las voces sosegadas se pierden en la vocinglería de las voces exaltadas. Pareciera como si Chávez no sólo estuviera definiendo el fondo del debate, sino también el tono del mismo. La confrontación política colombiana parece haber entrado un proceso inevitable de “venezuelización”, en la sustitución definitiva del argumento por el epíteto.

Así las cosas, no está de más hacer una invitación a la calma. Los participantes en el debate público (políticos, columnistas, analistas, etc.) tienen la obligación, consigo mismos y con el país, de detener la espiral de polarización. El Gobierno, en particular, debe ser el primero en dar ejemplo. En responder a la grosería con civismo. En no convertir cada opinión ajena en motivo de pelea. Y sobre todo, en definir una línea de acción, una estrategia de respuesta a la extorsión de las Farc y a la tragedia de los secuestrados, y ejecutarla con discreción. Sin debatir cada elemento. Ni rebatir cada crítica.

Esta época es propicia para los buenos augurios. Y para la invitación a la concordia. Ojalá la sociedad colombiana pueda encontrar un punto de encuentro en medio de las discrepancias, una voz unificada en contra del secuestro, un consenso mínimo en torno al derecho a la vida y a la libertad. Ojalá las convulsiones del presente no conduzcan a una mayor violencia del futuro. Ojalá los llamados a dar ejemplo asuman plenamente su responsabilidad.

El Espectador les desea a todos sus lectores una Navidad en paz. Y los invita a reflexionar sobre la necesidad de desarmar la palabra, de deponer los odios y de ejercer la tolerancia. El país lo necesita.

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