Un mejor futuro para Cali y el Valle del Cauca

LA PUBLICITADA SERIE DE TELEVISIÓN del Canal Caracol El cartel de los
sapos, basada en el libro del confeso narcotraficante Andrés López, ha
vuelto a dirigir la mirada de los colombianos hacia el Valle del Cauca
—en este caso a partir de la tenebrosa historia del Cartel del Norte
del Valle— y la recurrente violencia que azota al país por obra y
gracia de las mafias y el crimen organizado que caracterizan el negocio
del tráfico de drogas ilegales.

A pesar de que Cali y el Valle del Cauca han tenido períodos de su historia que muestran una sociedad en relativa calma, bienestar y prosperidad —los años sesenta y principios de los setenta del siglo pasado, por ejemplo, dan fe de un contorno urbano e industrial notable en el que los valores centrados en el trabajo, la solidaridad y la ciudadanía eran manifiestos—, no puede decirse lo mismo de los últimos veinticinco años de su historia regional.

Si en 1980 la tasa de homicidios por 100.000 habitantes se situaba alrededor de 40 —esencialmente la misma para Colombia y para el Valle del Cauca, incluyendo a Cali—, durante el período 1984-1986 la tasa del Valle aumentó por encima de la nacional, llegando a 73 en 1986, mientras que la nacional se ubicaba en 55. Desde entonces se ha mantenido, con altos y bajos, una diferencia de aproximadamente  40 puntos con respecto a la tendencia del país, lo que  es indicativo de una situación particularmente grave,  tanto más cuando nos referimos a un departamento altamente urbanizado e industrializado en el contexto nacional.

Explicar esta situación particular del Valle y de Cali, que tienen tendencias similares, es un reto. Necesariamente se debe hacer referencia a la historia regional y al papel jugado por la sociedad y el Estado. Durante el período de 1984 a 1986, el M-19 desplegó una estrategia de toma del poder que implicó “urbanizar” su lucha, con una respuesta militar del Estado que no se hizo esperar. De manera muy preocupante, la retoma del control por las autoridades no dio lugar a una disminución de la violencia regional. Se hizo manifiesto un rasgo de la sociedad y el Estado locales: el castigo con violencia para refrendar el orden social y la debilidad del Estado para tramitar con la ley y la justicia los conflictos.

El período que culmina en 1994, el de la violencia más extrema y también menos reconocida, es el del auge del llamado cartel de Cali. La prosperidad no se basó como antaño en el trabajo y la producción. Se centró en la circulación de los dineros ilegales y el consumo ostentoso. Son bien conocidos los síntomas de la corrupción social y estatal locales, el resquebrajamiento institucional y la dificultad de los sectores con poder para establecer “un límite” y promover los valores de la civilidad y la democracia. Si se desmanteló el cartel de Cali, fue como consecuencia de los “bloques de búsqueda” de la Policía y del Ejercito traídos del centro del país.

Lo que ha sucedido en los últimos diez años en la región es una combinación de varios factores: una “segmentación” en varios grupos y redes del crimen organizado vinculado con el narcotráfico, que sigue siendo muy poderoso; la llegada de los paramilitares en 1998, como consecuencia de la expansión de las Farc en las cordilleras Central y Occidental, expansión que siguió al desmantelamiento del cartel del Cali; y, finalmente, el auge de una criminalidad organizada muy fuerte orientada a los hurtos. En otras palabras, la “criminalización” de la sociedad en los últimos años es muy aguda, como lo dejan entrever las estadísticas de la misma Policía que, contrariamente a lo que se publicita, indican un aumento muy significativo de los delitos asociados con la violencia.

Todo esto sucede en medio de una sociedad desconcertada que busca un “salvador”; que se refiere con nostalgia al pasado o bien a las situaciones mejores de Bogotá y Medellín, y que en muy pocos sectores sociales se muestra dispuesta a crear, en el mediano plazo y en un proceso educativo y social graduales, fuerzas políticas, liderazgos e instituciones policlasistas e incluyentes que fortalezcan lo público, lo estatal y la legalidad y, de esta manera, se opongan a la lógica y funcionamiento del crimen organizado. Sin duda el futuro puede ser mejor, promediando sectores sociales comprometidos con el trabajo, el interés por el bien común y la civilidad. La sociedad de Cali y del Valle debe reflejar  su hastío con la inacción frente a su suerte y ser consciente de que un futuro mejor pasa por  sus propias manos.

últimas noticias

Redacción al desnudo - 16 de julio de 2018

La historia condenará a Ortega y Murillo

Insistir en la paz