Cuba ante Obama

LAS MEDIDAS IMPLEMENTADAS EL lunes pasado por la administración del presidente estadounidense, Barack Obama, tendientes a mejorar las relaciones con Cuba tras cinco décadas de equivocado embargo, llegan unos días antes del inicio de la V Cumbre de las Américas que se realizará en Trinidad y Tobago.

Obama, quien ya en campaña había prometido algunos cambios en la política exterior, cumple con pequeñas dosis de sentido común. Levantar las restricciones a los viajes, permitir las transferencias de dinero de los cubano-americanos hacia su país de origen y autorizar las inversiones en comunicaciones son señales inequívocas de que una era la realidad bajo el gobierno de George W. Bush y otra lo será de la mano de quien desea asumir un nuevo liderazgo en la región.

El peso del republicanismo, nada proclive al aligeramiento de las sanciones, es ahora cosa del pasado. Muchos estiman que, en adelante, de Cuba depende que las políticas necesarias para regularizar las frías relaciones sean aprobadas por el Congreso estadounidense. En ese sentido, el portavoz de la Casa Blanca, Robert Gibbs, anunció que “todos los que amamos los valores de la democracia queremos una Cuba que respete los derechos humanos, políticos y económicos básicos de todos sus ciudadanos”.

Y sin embargo, sigue siendo bastante improbable que Estados Unidos levante el embargo. Más allá de lo anacrónico de la medida, incluso los demócratas que provengan de algún estado de los Estados Unidos particularmente proteccionista se opondrán a su levantamiento. El debate se centra, antes que en la apertura de la isla y la lenta recuperación de su democracia, en temas como, por ejemplo, a quién afectará la llegada de nuevos productos agrícolas en caso de que se normalicen por completo las relaciones entre los dos países. Lo parroquial de las discusiones, y aún más en épocas de crisis, da muestras de lo que guía los intereses de la superpotencia en el plano inmediato.

En este contexto algunos se preguntan por el papel que jugarán los jefes de Estado latinoamericanos a la hora de presionar las decisiones del presidente estadounidense. Se dice que de Cuba no se hablará durante la Cumbre de las Américas —evento al que sigue sin ser invitada— y desde ya la propia Casa Blanca ha hecho explícito su deseo de que el futuro de la isla no monopolice la agenda de la Cumbre. Algo que, de cualquier manera, se sabe ocurrirá. Los primeros mandatarios de Venezuela y Brasil, Hugo Chávez y Luiz Inácio Lula da Silva, ya se han referido a la necesidad de que Estados Unidos aborde el caso y exponga los principales móviles de lo que será su política internacional hacia Cuba.

Flexibilidad habrá. Es de la órbita del presidente Obama dialogar con quien quiera que esté dispuesto a hacerlo. Lo repitió varias veces como candidato y lo ha hecho desde que asumió el poder, el pasado 20 de enero. Su estilo de gobierno, se ha visto, es completamente diferente del conocido y ampliamente repudiado método coercitivo y unilateral de su antecesor. Pero el desmonte total del embargo, en un país en que son muchos los que lo estiman conveniente, tendría un costo político que difícilmente querrá asumir la administración demócrata.

Lo que con seguridad veremos será un mayor pragmatismo. Este gobierno se caracteriza por no tener una actitud fundamentalista. La imposición de la democracia como gobierno, verdad única y revelada, no es la salida usual del presidente Obama. Se le vio en Afganistán anunciando el inicio del fin del grupo terrorista Al Qaeda, y no por ello preconizando la llegada de la democracia. Este es un gobierno pragmático, Obama busca ejercer liderazgo.  Y Cuba debería aprovecharlo para encontrar su lugar en la modernidad.

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