El último año

COMIENZA —AUNQUE TODO siga pendiente de los estados de opinión, del alma y de la coalición en el Congreso— el último año del segundo mandato del presidente Álvaro Uribe Vélez.

Un momento que se nos antoja propicio para —aun cuando las ganas de continuar de largo sean evidentes y por estos días haya preocupaciones inmediatas en las relaciones exteriores que copen todo el tiempo— para pensar desde la cabeza de Gobierno en acciones para un final de mandato tranquilo y próspero para la unidad nacional, dejando atrás las grietas profundas que en dicha unidad se han presentado durante los últimos siete años.

Podemos pecar de ingenuos, pero quizá los últimos remezones en la política nacional, hechos explícitos con la primera derrota del Ejecutivo en el Congreso el pasado 20 de julio en la elección de las presidencias de Senado y Cámara, puedan abrir el espacio para un cambio en la manera de enfrentar este final de gobierno. Un cambio que lo lleve a abandonar el encierro en el círculo cerrado y ampliarse a buscar consensos amplios, a pasar de la confrontación por pequeñeces a la aglutinación por las grandes causas para que quien llegue, dentro de un año exactamente, al Palacio de Nariño no tenga que comenzar por recomponer el alma de la Nación.

Un primer paso hacia dicha reconciliación tendría que comenzar por dejar que la lógica institucional decida la suerte del referendo para una segunda reelección, la mayor fuente de fricción nacional. Ya se ha conocido que el Gobierno todavía dará una última batalla por resucitarlo en el Congreso, pero ojalá que escoja el camino de la disuasión argumentativa y no, de nuevo, el de la compra de conciencias, de manera que pronto quede despejada esa duda. Y, de salir derrotado definitivamente, debería emprender el reacomodo del equipo de Gobierno para un final de mandato decoroso que permita salirse del fango de la confrontación.

Toma juramento hoy el nuevo ministro de Defensa. Esa posesión en este día puede ser una mera casualidad, pero está llena de simbolismo sobre lo que podría, debería, ser este último año de Gobierno. Porque el nombramiento de Gabriel Silva, más allá de sus calidades para el cargo, tiene un profundo significado político. Su nombre une uribismo y antiuribismo, dada su estrecha cercanía tanto a Juan Manuel Santos como al ex presidente César Gaviria. Pero además, y quizá más significativo, la experiencia en el servicio público vuelve a recuperar importancia en el gabinete, luego de que personas de poco vuelo hubieran comenzado a ocupar posiciones de alto relieve, verbigracia el Ministro de Agricultura, cuya principal carta de presentación era la amistad infantil y juvenil con su antecesor.

El beneplácito general con la llegada de Silva muestra el tono de lo que podría ser un último año de Gobierno activo y productivo y no el cansino, desconfiado y cada vez más solitario y con el sol a las espaldas que pareció comenzar a vislumbrarse luego del 20 de julio. Una recomposición del gabinete con personajes de prestancia y por encima de rencores e intrigas daría un nuevo aire a este final del camino que parece conveniente y necesario.

La crisis diplomática y comercial del momento con Venezuela y Ecuador, grave e inquietante como es, sin embargo ha servido para poner en remojo mucha confrontación mezquina interna. Mejor coyuntura no habrá seguramente en este año para convocar a la unidad con espíritu inclusivo.

 

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