Una voz hispana en la Corte Suprema de EE.UU.

TOMÓ JURAMENTO EL LUNES PAsado, ante el presidente de la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos, la nueva magistrada que integrará el máximo tribunal, Sonia Sotomayor.

Cincuenta y nueve senadores demócratas y nueve republicanos habían confirmado ya, hace una semana, su revolucionaria nominación por parte del presidente Barack Obama, después de un tormentoso proceso de aceptación en el que se dio un cerrado escrutinio a su carrera y sus opiniones sobre la justicia, como debe ser, por cierto.

Sonia Sotomayor podría ser la protagonista central de una de esas historias de éxito y superación que tanto enorgullecen a la sociedad estadounidense. Nacida en el Bronx, el barrio latino por excelencia de Nueva York, de padres que llegaron allí de Puerto Rico y ni siquiera hablaban inglés, criada en viviendas de protección oficial luego de que a sus nueve años murió su padre, y su madre, una enfermera, tuvo que trabajar seis días a la semana para criarlos a ella y a su hermano, Sotomayor llegó a graduarse summa cum laude de la Universidad de Princeton, consiguió otro título en leyes de la Universidad de Yale y durante sus 30 años de carrera profesional pasó por todos los niveles del sistema judicial estadounidense.

La simpatía con su historia personal no fue, sin embargo, la característica del proceso de confirmación en el Congreso. Antiguas declaraciones suyas, consideradas racistas y sexistas, despertaron una fuerte polémica tanto en los círculos jurídicos como, especialmente, en los políticos. “Yo esperaría que una instruida mujer latina, con la riqueza de sus experiencias, llegue más a menudo a mejores conclusiones (en casos judiciales decisivos) que un hombre blanco que no ha vivido esa vida”, fue la frase que Sotomayor expresó en una conferencia en la Universidad de Berkeley en 2002. El peligro de que la interpretación de la ley en adelante obedeciera, no a la Constitución, sino a lo que determinara la “riqueza de la experiencia” fue un caballito de batalla que puso en duda su confirmación.

Tanto más en la medida en que se sumó a la tesis de la “empatía” con que fue presentada su nominación por el presidente Obama. “Es la experiencia lo que puede darle a una persona un toque común de compasión; una comprensión de cómo funciona el mundo y cómo vive la gente común. Y por eso es un ingrediente necesario en el tipo de justicia que necesitamos en la Corte Suprema”, dijo Obama el día que presentó su candidatura. Todo lo cual llevó a una radical oposición de quienes consideran un exabrupto dejar que el entorno moldee las decisiones de una Corte, que debe responder únicamente a la letra de las leyes y la Constitución.

Finalmente, en medio de ese gran debate —que no es exclusivo de los Estados Unidos ni de esta nominación en particular— Sotomayor tuvo que arrepentirse de sus opiniones y asegurar que sus creencias personales no influenciarán en sus decisiones, para poder ser confirmada. Sin duda, quien ejerce justicia debe someterse a la norma legal sin que sus sentimientos permeen sus decisiones. Pero de ahí a suponer que la educación, la religión, el origen, la familia y tantos otros condicionantes no influyan en sus decisiones es una entelequia teórica. Por eso, a partir de ahora y por primera vez en la historia de los Estados Unidos, los casi 50 millones de latinos, la minoría más grande del país, tendrán a una representante de su mismo origen e idioma en la Corte Suprema de Justicia. Una mujer —la tercera apenas que llega a ese cargo— hispana y liberal es una gran adición a esa Corte que en buena medida le marca el rumbo a la justicia del mundo.

 

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