La libertad de cantar

TREMENDO ALBOROTO HA ARMADO el fanático y radical exilio cubano en Miami en busca de boicotear el “Concierto por la paz” que ha organizado Juanes en la Plaza de la Revolución de La Habana para el próximo 20 de septiembre.

“Cómplice del régimen” es lo menos que han dicho del cantante colombiano, a la vez que planean manifestaciones para romper sus discos e incitan a otros artistas invitados para que no asistan.

El rumor creciente es que el concierto está en veremos. Sería un despropósito que lograran boicotearlo. Juanes debe poder cantar donde quiera. Supongamos que el mes entrante fuera a cantar en la dictadura de supuesta izquierda más cerrada y más férrea del planeta: Corea del Norte. Sería magnífico. O que tuviera un gran concierto, en octubre, en Birmania, una de las dictaduras (digamos de derecha) menos abiertas del mundo. Sería también una especie de liberación, de canto de apertura y libertad. La música es lo que nos pone a soñar, la música es el espíritu liberado. Durante el período más angustioso y cerrado del stalinismo, los rusos encontraban liberación y sosiego en la compleja música de Schostakovich. Y así hoy, en la gran música popular contemporánea, de la cual Juanes es una figura mundial. Estos conciertos multitudinarios son actos de libertad. En cualquier medio político, dictatorial, democrático, de izquierda o de derecha, un concierto es un espacio de alegría, de liberación del ánimo y por tanto de libertad.

Es una ridiculez que los reaccionarios que viven en Miami vengan a decir ahora que Juanes es un vendido, un comunista, un cómplice de los tiranos. Como cuando le decían fascista porque le cantaba a la camisa negra. La camisa negra de Juanes era una camisa sin color político, era una alusión a los estados oscuros del alma, no un apoyo a los fascios de Mussolini, o a los fascistas de la Florida.

Cuando Frank Sinatra le cantaba a Reagan, quizá en los períodos más reaccionarios del presidente de Estados Unidos, esos conciertos eran de alegría, y esa faceta musical de Reagan era su mejor momento, quizá el único en que los ciudadanos lejanos podían cantar al unísono con él. En este caso, Juanes no les está cantando ni a Fidel ni a su hermano ni a los generales ni a ningún déspota: les está cantando a los cubanos. Son los tiranos quienes se deben cuidar de la música, y no al contrario. Porque nunca se sabe si una canción va a ser la semilla de una revolución.

Cuando en Colombia se cantaba a Silvio Rodríguez con pasión, hace 30 años, no se cantaba un canto fidelista o guevariano. Se cantaba una protesta, por ejemplo, contra el Estatuto de Seguridad, o contra el Estado de Sitio. La música, trasladada a otro país, las letras, aplicadas a otra realidad, son siempre liberadoras. El arte es liberador. Vaya donde vaya y sea lo que sea. Por eso está bien que Juanes cante en la Plaza de la Revolución. La misma Hillary Clinton está de acuerdo, la apertura de Obama hacia Cuba está hecha también de intercambios artísticos.

El mundo no es blanco y negro, no está hecho de dictadores sin música y demócratas musicales. En Cuba la música siempre fue, y sigue siendo después de medio siglo de castrismo, de una riqueza y de una belleza arrasadoras. Las posiciones fanáticas e intransigentes de los cubanos de Miami son las que han impedido cambios benéficos en Cuba, las que han propiciado la radicalización de la misma revolución. Son el canto, la trova, el son, los versos de Juanes en este caso, los que vuelven estos sitios más amables, más alegres, más libres.

Así que desde aquí, como otras veces, apoyamos la libertad de cantar y de gozar donde quiera que sea.