Unasur en Bariloche

EXISTEN DEMASIADAS EXPECTATIvas frente a lo que pueda ocurrir en la Cumbre de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) que se llevará a cabo el día de hoy en Bariloche, Argentina.

Tras la ausencia del presidente Uribe en la cumbre realizada en Quito, los alcances regionales del acuerdo de cooperación militar con los Estados Unidos no parecen del todo resueltos. La intempestiva gira del Primer Mandatario por siete países de la región con el objetivo de aplacar las reacciones suscitadas por la futura presencia de tropas estadounidenses en territorio colombiano, aunque exitosa, no surtió el efecto esperado.

Ello también porque el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, ha hecho y deshecho con lo que considera una afrenta a la soberanía y una intromisión del denominado imperialismo yanqui. Chantajes económicos, estigmatizaciones a las empresas colombianas en territorio venezolano, amenazas de expansión del movimiento bolivariano y prédicas de interrupción total de las relaciones con Colombia forman parte de sus últimas andanadas. Con el agravante de que tantos y tan variados maltratos verbales comienzan a gestar un movimiento antichavista entre quienes olvidan que, las más de las veces, éste dice una cosa y después otra. De paso, ojalá sea ésa la realidad esta vez también.

Exigir respuestas frontales de parte del Gobierno colombiano sólo incrementaría la tensión en la región. Para evitar esto es que Colombia asiste hoy a la Cumbre de Unasur. Se dice que el tema de discusión que copará la agenda es el de la cooperación militar con los Estados Unidos, ante la que algunos países se mostraron solidarios (Perú), otros inquietos (Brasil) y algunos más indignados (Ecuador, Bolivia). Pero antes que rivalizar con las razones de unos y otros, el presidente Uribe, de quien se espera que haga una presentación de los retos y peligros que representa para la democracia colombiana y la salvaguardia de sus instituciones la existencia de guerrillas, narcotráfico y todas las formas de crimen organizado, haría bien en hacer explícito en este escenario que el problema de orden público no se circunscribe a la órbita nacional.

Desde que la política de seguridad democrática, en su exitosa lucha contra la subversión, terminó por transformar la geografía del conflicto, que ya no opera en el centro del país pero sí en la periferia, las zonas de frontera se han convertido en la retaguardia de las guerrillas. Reconocer este hecho crucial es tan importante como llevar ante los países que asisten a Unasur y se interesan por la seguridad del continente el mensaje de que en su lucha contra grupos como el de las Farc Colombia no se limitará en adelante a las acciones militares individuales.

La diplomacia ya es parte de la nueva etapa del conflicto. Tal vez por ello quienes insisten en que es preciso traer a colación la aparente carrera armamentista en que más de un país ha entrado, con Venezuela y sus  relaciones con Irán y Rusia a la cabeza, aunque ponen el dedo en la doble moral de quienes critican los acuerdos de cooperación militar, omiten que en nuestro caso el incremento en el gasto militar se justifica en el conflicto que vive el país hace más de 50 años y no en una preocupación por los vecinos. Es conveniente que los otros países, incluido la Venezuela chavista, lo asimilen de esa manera.

En síntesis, aun si las explicaciones del Gobierno colombiano llegan tarde y obligadas, es preciso encontrarles apoyo. Y por eso habría que evitar el tono de confrontación o arrogancia en las declaraciones y pasar a uno que convoque solidaridades con un caso que, como el de Colombia, es de una fuerza poderosa.

 

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