De paso por Unasur

UNO DE LOS LUGARES COMUNES EN la percepción de la función de las organizaciones internacionales es que en ellas se gasta mucho, se desarrollan burocracias de grandes proporciones y se logra más bien poco.

Las organizaciones tienen en su contra justamente que los intentos de evaluación de su gestión solamente tienen en cuenta su capacidad de tomar decisiones. Sin embargo, como lo demostró Unasur el viernes, las organizaciones internacionales también son foros que les sirven a estados y a gobernantes como escenarios para discutir y por tanto para pulir y, por qué no, redefinir sus propias posiciones frente a temas sobresalientes.

Claramente, aunque varios países llegaron a Bariloche con un discurso relativamente previsible, también hubo giros que es importante no pasar por alto. De un lado, el presidente Álvaro Uribe resaltó las múltiples amenazas que enfrenta el país debido a la presencia de la insurgencia dentro y fuera, y a las redes de narcotraficantes. Como era de esperarse, resaltó el compromiso más o menos solitario de Estados Unidos con esta lucha y la utilidad que ha tenido la cooperación entre Colombia y esa nación en este frente.

De otro lado, el presidente Hugo Chávez inició su participación en la cumbre haciendo énfasis en las implicaciones de la presencia estadounidense en Colombia para la seguridad de Venezuela, en particular, y de la región, en general. Parte de la tarea de Chávez era justamente desvelar las intenciones de Estados Unidos en el área y para satisfacer este objetivo presentó el ‘libro blanco’, un documento oficial de estrategia internacional del gobierno estadounidense en el que, según él, se evidencian las intenciones expansionistas y de dominación del llamado imperio. Sin embargo, es de resaltar que su posición frente a Colombia fue mucho menos radical de lo que ha sido en ocasiones anteriores. Evo Morales, presidente de Bolivia, siguió insistiendo en su deseo de que Colombia se retracte de su acuerdo militar con Estados Unidos. En síntesis, no es arriesgado decir que en materia de la posición de estos países no hubo sorpresas de gran magnitud.

La posición de los opositores más radicales fue que el acuerdo se debe echar para atrás, o al menos que la administración Uribe debería hacer público el contenido de dicho acuerdo para que sea discutido por todos los miembros de Unasur. Sin embargo, en ello no contaron con el apoyo del resto de países más moderados y Colombia pudo bajar la guardia por un momento en su defensa.

El Gobierno colombiano se dedicó a implementar los dos primeros principios del más reciente mantra del canciller Bermúdez: firmeza, prudencia y audacia. Si bien Colombia asistió con el objetivo de discutir la situación regional en materia de seguridad, es claro que el Gobierno no fue ni a buscar aprobación para su tratado con Estados Unidos, que es ya un hecho y no tiene vuelta atrás, ni mucho menos a revisar los pilares fundamentales de la dimensión internacional de su política de seguridad democrática. Su intención era explicar, pero sin rendir cuentas. En ese sentido, la apuesta era relativamente segura: se corrieron pocos riesgos en la medida en que no había realmente mucho que perder frente a las críticas de sus rivales más acérrimos. Esa era justamente la ventaja de asistir a la cumbre con un tratado firmado y aprobado por ambos gobiernos.

Sin embargo, Colombia no pudo evitar asumir una posición defensiva y sus opositores no desaprovecharon las cámaras para reactivar sus respectivos discursos nacionalistas. Cada cual volvió a formular sus argumentos en contra del otro y, por supuesto, quedó una vez más plasmada la ausencia casi total de una voluntad política para resolver las disputas. Los líderes del área les hablaron más a las cámaras y a sus bases electorales que a sus contrapartes.

Finalmente, atrae la atención el nuevo llamado a Estados Unidos a entrar en la discusión sobre los problemas regionales de seguridad. Ya Lula da Silva había invitado al presidente Obama y el gobierno estadounidense se negó, arguyendo que no es integrante de la Unasur. No deja de presentarse como una seria tensión la necesidad de consolidar una política de seguridad regional que prescinda de la intervención estadounidense y que al mismo tiempo se busque constantemente la participación de Washington en la discusión sobre estos temas. Parte del desafío que enfrentará la organización será precisamente resolver esta tensión en el caso del debate sobre el acuerdo de cooperación militar entre Colombia y Estados Unidos.

 

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