No fueron felices, ni comieron perdices

POR ESTOS DÍAS VUELVE A SER NOTIcia la polémica desatada por la emisión de las llamadas “narconovelas”.

Estos melodramas, cuyas tramas se enmarcan en contextos de criminalidad y narcotráfico, cautivaron enormes audiencias en los últimos años y aseguraron así su permanencia en el horario estelar de los principales canales colombianos y latinoamericanos.

El debate sobre su conveniencia se desató hace casi dos años, con la producción del Canal Caracol El Cartel de los Sapos. Basada en el best seller del ex narcotraficante Andrés López López, la telenovela narró la historia del cartel del Valle, hizo énfasis en las biografías de cada uno de sus miembros y se atrevió a retratar sólidas alianzas entre la mafia y algunos agentes del Estado colombiano. En esa ocasión, la polémica desbordó el terreno de la opinión pública. El Cartel mereció la reprobación de funcionarios del Gobierno y el propio director general de la Policía Nacional, general Óscar Naranjo, alegó que la telenovela ridiculizaba al Estado y sus instituciones.

Ahora es Rosario Tijeras, telenovela del canal RCN que tiene lugar en las comunas de Manrique en Medellín, la que ha desencadenado numerosas reacciones desfavorables. Algunos sectores de la ciudadanía paisa manifestaron su molestia por la estigmatización de Medellín y el periódico El Colombiano dedicó un editorial para proponer un veto a la historia, que calificó como “insensata, chabacana” y tildó de “promotora” de la “cultura del dinero fácil, la fama, el poder de lo ilícito y el valor de lo material, por encima de todo”. Hubo quienes amenazaron con dejar de consumir los productos de los anunciantes y varios de éstos retiraron su publicidad de la novela.

Pero las críticas no son solo locales. En días pasados, el presidente panameño, Ricardo Martinelli, exigió regulaciones en los horarios en que se emiten estos melodramas en la vecina nación porque “están haciendo un gran daño a nuestro país, con nombres bonitos que exaltan el narcotráfico, robo y atraco”.

Si bien es entendible la reacción  ante la cruda realidad que viven la sociedades por efecto del narcotráfico, resulta en extremo reducida la visión de que se ha impuesto un único modelo de “narco novela” y negar, así, la creatividad que guionistas y realizadores. No es lo mismo contar la historia del narcotráfico desde la perspectiva de los grandes capos o sus esposas, a narrarla desde el de los mandos medios y sicarios. 

Tal y como afirman sus críticos, este tipo de producciones dan cuenta de realidades sociales agresivas y extravagantes, inherentes al negocio del narcotráfico. Y en no pocos casos, al asumir la perspectiva de los criminales, distorsionan la realidad de un país que heroicamente ha intentado frenar el poder del narcotráfico. Pero, a decir verdad, el ascenso social inmediato al que acceden traficantes y sicarios, su poder adquisitivo casi infinito, sus excesos y formas de diversión, los comportamientos machistas y la instrumentalización de la mujer, escenarios y comportamientos retratados en estas narraciones, son inherentes a ese mundo mafioso que, por muy lamentable que sea, está ligado a la realidad colombiana de las últimas décadas.

No por mostrar dicha realidad se le hace apología, ni se promueve el delito o el dinero fácil. La “narconovela” colombiana ha sido consecuente y fiel con las historias de sus protagonistas. Ha transmitido, sin temor a perder audiencias, finales realistas y devastadores. La joven de ciudad pequeña que creyó que sin tetas no habría paraíso murió sola y alcoholizada. Los capos acaban en prisiones diminutas de países extranjeros, cuando no traicionados y muertos, y todos sabemos cuál es el final de Rosario. No hay para ellos historias de amor perdurables, ni finales felices.