Con cabeza fría

EL AMBIENTE QUE HAY EN TORNO al proceso de paz se polarizó bastante desde la madrugada de ayer, cuando nos enteramos de que, en medio de un atentado que fuentes oficiales atribuyeron a la guerrilla de las Farc, once integrantes del Ejército murieron en el municipio de Buenos Aires, en el norte del Cauca.

Se trata de un ataque premeditado que rompe con la tregua unilateral anunciada por esa guerrilla desde finales del año pasado y que, por supuesto, pone en el debate público lo que está discutiéndose en Cuba para resolver el conflicto armado desde una mesa de negociaciones.

Las reacciones (todas en caliente) no se han hecho esperar.

Los unos han dicho que la guerrilla no merece más oportunidades, que no solamente los bombardeos contra ella deben seguir (como ya quedó claro en una orden del presidente Juan Manuel Santos ayer), sino que el ministro de Defensa debe renunciar y que ese cuento del cese bilateral (al que podría llegarse en cuanto el proceso de paz se consolide más, pero que sabemos se pretendía acelerar) es una utopía mentirosa. En fin, que las Fuerzas Armadas deben atacar sin misericordia y sin mayor limitación a las Farc.

Han dicho los otros, en la esquina opuesta, que es hora del cese bilateral: que la guerra recrudecida ha llegado a un límite insoportable, que los campesinos lo piden a gritos, que no puede haber más colombianos muertos en los campos. En esa tesis coincide, por ejemplo, el comandante guerrillero alias Pastor Alape, quien se refirió al caso desde La Habana: “es necesario hacer esfuerzos para que dejemos de ver madres llevando a sus hijos a los cementerios”. En fin, que no haya más ataques inmisericordes.

Son reacciones apresuradas. Sin restar un ápice de importancia a lo ocurrido ni dejar de lamentar la muerte de nuestros soldados y censurar a sus perpetradores, estando en medio de un proceso de paz avanzado es necesario pensar con cabeza fría lo que puede o no hacerse con lo que se ha llamado “el desescalamiento del conflicto”. Tanto más cuando, entre parte y parte, entre Ejército y guerrilla, aún no hay claridad plena sobre las condiciones en que se presentó este ataque: para el primero se trató de una emboscada, mientras que para la segunda fue una estrategia de defensa ante un ataque previo.

Habría que llegar a una verdad medianamente creíble sobre los hechos. Para ello, claro, las Farc podrían ir respondiendo unas preguntas que se van envejeciendo con el correr de los días: ¿Hay frentes guerrilleros que actúan por su cuenta, alejados de las órdenes centrales? ¿Cuentan esos frentes con un grado de autonomía tan elevado como para perpetrar atentados que pongan en riesgo (y en ridículo) las declaraciones que sus representantes hacen a los medios? ¿Quieren todos entrar en la lógica del proceso de paz y del cese paulatino del cruce de balas, o de qué hablamos?

De acuerdo con el Centro de Recursos para Análisis del Conflicto (Cerac), que ha monitoreado esa tregua unilateral de las Farc, son seis las acciones de esa guerrilla las que han violado la tregua. Estos últimos hechos de la madrugada del miércoles, que resultan, por supuesto, mucho más graves que los reportados por el Cerac (en aquellos se hablaba de algunos heridos), sirven, si se suman, como patente para exigirle a la insurgencia una sola cosa: muestras reales de querer acabar la guerra. Sin eso, sin una graduación progresiva y material de la intensidad de las balas y de los atentados, por más discursos que pronuncien, por más prosopopeya, no llegaremos nunca a un acuerdo definitivo. Con su acción censurable, las Farc han hecho retroceder este proceso al punto inicial. ¿Cómo seguimos de aquí en adelante, entonces?

 

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