La calle toma la palabra

Necesitábamos esta sacudida para que el peligro de perder aquello que nunca hemos tenido nos llevara a reclamar no perder el esfuerzo. La calle es el punto de encuentro de todos los colombianos, donde, sin importar la ideología o el perfil socioeconómico, debemos aprender a vernos y reconocernos para poder convivir.

El silencio ensordecedor del país que marchó el miércoles envía un mensaje muy claro a los líderes políticos y a las Farc: ya pasó el momento de la arrogancia, de las peleas de egos y de los discursos que dividen al país. Es hora de la paz.Archivo El Espectador/Óscar Pérez

Hizo falta un resultado electoral dividido y que el proceso con las Farc quedase sumido en la incertidumbre total para que los colombianos reclamaran la paz como propia y salieran a exigirles a todos los líderes políticos que lleguen a un acuerdo lo más pronto posible. Las manifestaciones multitudinarias que tuvieron lugar en Bogotá, Medellín, Cali y Cartagena el pasado miércoles son testimonio de un pueblo cansado de que la cultura política se haya demostrado incapaz de terminar el conflicto. Si van a salvarse las negociaciones, la ciudadanía debe asumir, y mantener, ese rol activo de presión y vigilancia para superar la polarización y llegar a una solución a partir del consenso nacional.

Durante la campaña por el plebiscito no sobraron las voces que se lamentaban —este espacio fue una de ellas— porque ambas opciones, en especial el Sí, estuvieran lideradas por políticos tradicionales utilizando los mismos mecanismos que tienen desprestigiada la cultura electoral de Colombia. Se habló de maquinarias, de chantajes que buscaban concesiones individuales a cambio de apoyar el acuerdo, de pugnas entre los partidos por ver cuál podía capitalizar políticamente el protagonismo en la campaña del plebiscito. El Gobierno, acostumbrado a una Unidad Nacional construida sobre la repartición del poder, cayó en la trampa de creer que sobre los hombros de los caciques de siempre se iba a conseguir un triunfo en un tema que, tal vez más que cualquier otro, necesita ser una decisión íntima de cada colombiano.

En retrospectiva, queda claro que todo eso permitió que tomaran vuelo los discursos que alejaban el debate de la paz y lo llevaban a la pugna política. El plebiscito se convirtió en una pelea entre la administración de Juan Manuel Santos con sus partidos afines y la oposición del Centro Democrático. Y esta última campaña entendió que tenía espacio para llenar el debate de mentiras y fantasías, como ahora su gerente, Juan Carlos Vélez, cándidamente ha reconocido en entrevista con La República. Se habló de reforma tributaria, del espantapájaros de la “ideología de género”, de comunismo, de castrochavismo... Se logró que esa campaña, excepcional e histórica, se pareciera a todas las otras disputas electorales de un país dividido e incapaz de escucharse.

Entonces, la paz, lo que verdaderamente estaba en juego, pasó a segundo plano, y las personas no sintieron la urgencia del momento. Y en medio del ruido olvidamos lo mucho que dolieron los fracasados intentos de paz del pasado, mientras el triunfalismo del Gobierno y el tremendismo de ciertos políticos del No nos pintaron el acuerdo como algo inevitable. Creímos haber conseguido la paz antes de que en la práctica se hubiese conseguido.

Necesitábamos, entonces, esta sacudida para que el peligro de perder aquello que nunca hemos tenido nos llevara a reclamar no perder el esfuerzo. La calle es el punto de encuentro de todos los colombianos, donde, sin importar la ideología o el perfil socioeconómico, debemos aprender a vernos y reconocernos para poder convivir. En la calle, además, siempre ha sido donde hemos exigido el fin de la barbarie, de la irracionalidad del conflicto. Las marchas del 2008 contra las Farc son vistas como un momento clave en la historia del país. Ahora que estamos tan cerca de cumplir las demandas de esa manifestación —que desaparezcan, para siempre, las Farc como grupo armado—, marchando juntos podemos ver que en la esencia buscamos lo mismo y que, si bien hay diferencias importantes sobre cómo lograrlo, eso no puede ser motivo para regresar a lo que todos repudiamos.

El silencio ensordecedor del país que marchó el miércoles envía un mensaje muy claro a los líderes políticos y a las Farc: ya pasó el momento de la arrogancia, de las peleas de egos y de los discursos que dividen al país. Es hora de la paz. Exigimos un acuerdo ya.

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