Candidato a la Presidencia

Después de mucho especular acerca del tema, el presidente de la República, Juan Manuel Santos, por fin le anunció al país su plan de lanzarse como candidato para ocupar de nuevo el cargo que hoy ejerce.

Ya sólo resta una cuestión protocolaria —una carta ante la Registraduría— para formalizar el asunto. Pero la realidad electoral es un hecho.

Lo hizo en un discurso corto y conciliador —personalista también— en el que invitó a que lo reelijan para que pueda construir una “Colombia en paz y con prosperidad para todos”. Con su discurso, claro, comenzó de una vez su campaña que, por más leyes de garantías electorales que existan, tiene la ventaja sobre las demás por el poder y la visibilidad que le da la Presidencia. Que ha cumplido con cosas que prometió, dijo el miércoles: en el empleo y en la vivienda, en la reducción de la pobreza y la desigualdad, en la salud de los colombianos, en la seguridad y en la lucha contra el microtráfico, y otro montón de enunciados que le imprimieron fuerza electoral a sus palabras. Y la paz, con énfasis y en mayúscula, como se lee en la trascripción de su discurso.

Abanderado de la paz, indiscutiblemente su mejor carta electoral, les dijo a los colombianos cosas que se distancian absolutamente de su primera candidatura: “Todavía nos quedan grandes desafíos, pero estoy convencido de que la forma de enfrentarlos no es sólo a sangre y fuego”. Es, en últimas, un llamado a la concertación y a la unidad en torno a él y a su gobierno. Ya es un hecho, insistimos, y con él los demás contendores, y sin duda la sociedad colombiana, deberán empezar a pensar cómo mover sus fichas y cómo perfilar sus votos.

Sea como fuere, El Espectador siempre ha sido un opositor de la figura de la reelección presidencial. Juan Manuel Santos puede hoy acceder a ella porque la Constitución se lo permite y, por ende, está en todo su derecho de hacerlo. Mal haríamos nosotros en criticarlo por tomar esa iniciativa. Sin embargo, esa enmienda abierta por el gobierno pasado, pensamos, es una norma que riñe con el espíritu de la Constitución misma y con la estructura que ésta pensó para un Estado como el colombiano. Es un desbalance a favor de quien ejerce como máxima cabeza del Ejecutivo.

¿Y si no existiera?, nos preguntamos en estos momentos. ¿Cómo hubieran sido estos tres años del gobierno que hoy se anuncia como candidato de la continuidad? ¿Diferente? ¿El mismo? ¿Con más celeridad en sus políticas? No lo sabremos nunca.

Lo primero y lo mínimo exigible, ahora que tenemos esta certeza del presidente candidato, es que sea él un abanderado del respeto a los espacios abiertos a sus competidores. Que cumpla con la Ley de Garantías que balancea un poco el juego democrático. Que haya vigilancia a los servidores públicos. Que se cierren los espacios para la propaganda de gobierno. Que, en últimas, se le dé un poco de altura al debate y de opción al ciudadano. Es lo mínimo, insistimos.

Lo segundo es el tema de la paz, hoy su bandera entendible. Lo hemos dicho en este espacio cada vez que escribimos sobre el tema y no nos cansaremos de repetirlo: la idea de la paz (ese derecho y deber de obligatorio cumplimiento para el Estado) debe ser capaz de resistir un cambio de gobierno. Es imposible que nuestras instituciones y políticas sean tan poco serias como para que no lo hagan.

En fin, en últimas, ya hay candidatura. Con ella se viene un debate muy largo e interesante sobre el futuro de Colombia. Ojalá la sociedad participe y los demás candidatos den la talla.

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