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hace 2 horas

Celebrar la crítica, no silenciarla

No paran los rumores de censura que rodean al Gobierno Nacional. Una serie de hechos coincidentes invitan a creer que hubo una retaliación contra el director de cine Rubén Mendoza por haber criticado a la administración de Iván Duque. Aunque la Cancillería ha negado rotundamente que se trate de una situación con motivos ideológicos, es una oportunidad para proponer una reflexión más amplia: ¿debe el Estado solo promocionar aquellas voces que están de acuerdo con el gobierno de turno?

Hablemos de hechos. Rubén Mendoza, uno de los directores de cine colombiano más reconocidos en el país, utilizó su discurso de inauguración del Festival de Cine de Cartagena (FICCI) para criticar al Gobierno Nacional.

Desde antes del discurso, Daniel Saldarriaga, director artístico y ejecutivo del Festival Internacional de Cine Colombiano en Buenos Aires, venía organizando una retrospectiva de Mendoza. Cuando le preguntó a la Embajada de Colombia en Argentina si la Cancillería podría costear los tiquetes del director de cine, recibió una respuesta inusual: le preguntaron si había visto el discurso en el FICCI.

El asunto terminó en que, en efecto, los pasajes de Mendoza no fueron costeados. La Cancillería emitió un comunicado explicando que la decisión se tomó con criterios objetivos (promover solo un paquete determinado de películas colombianas) y mucho antes del discurso de Mendoza. Eso no explica por qué la Embajada en Argentina había dado a entender que se trataba de una decisión en curso, pero la Cancillería no contestó las preguntas enviadas por El Espectador.

Más allá de si se trató, en este caso puntual, de una retaliación contra Mendoza por sus declaraciones, nos parece interesante preguntarnos por el rol que los discursos críticos tienen en eventos promocionados por los recursos de todos los colombianos.

Es apenas entendible que una nueva administración quiera tener personas de confianza en puestos claves dentro del Ejecutivo. Se comprende, por ejemplo, que los ministerios estén encabezados por personas que compartan las ideas del presidente Iván Duque y su propuesta de país.

Sin embargo, a medida que nos alejamos de esos puestos de poder, no sobra recordar que cuando el Estado opera (por ejemplo, promocionando un evento cultural), lo hace en representación de todos los colombianos; lo hace, además, con los impuestos que los ciudadanos han pagado.

Por eso, ¿no es deseable que, al promover la imagen de Colombia en el mundo, nuestros artistas den cuenta de posiciones variopintas, de un país con diferencias y mucha diversidad? ¿No habla bien de un Gobierno que sea capaz de diferenciar entre la crítica a sus labores y el aporte a la cultura del país que una persona como Mendoza hace? Esto aplica, por cierto, a este y a cualquier gobierno, pues hemos visto cómo los espacios culturales de las entidades territoriales también suelen estar supeditados a que las voces promovidas no sean incómodas para los gobernantes de turno.

Colombia necesita que sus instituciones maduren, que el personalismo no sea el criterio de quienes están al mando. Cuando el exdirector del Sistema de Medios Públicos, Juan Pablo Bieri, habló de que los contratistas del Estado no pueden “morder la mano que les da de comer” resumió lo que venimos discutiendo. Esa es la cultura que debemos superar.

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