Chávez no se va

Hugo Chávez continuará al frente de la Presidencia de Venezuela por seis años más. Su triunfo incuestionable, por un cómodo margen, demuestra que la mayoría del electorado avala su proyecto político y le da vía a la profundización del llamado socialismo del siglo XXI.

La oposición, dignamente representada por Henrique Capriles, logró posicionarse mediante un esquema de unidad que funcionó. Los venezolanos han dado una muestra de madurez política en medio de una evidente polarización.

Lo cierto es que las cábalas de un resultado muy cerrado, sobre la base de las encuestas de los últimos días, así como los malos presagios de posibles enfrentamientos en medio de un ambiente caldeado, no se cumplieron. Este es un hecho para resaltar. El ejemplo lo dio el primer mandatario, quien había anunciado que reconocería el resultado electoral así le fuera adverso. Capriles, por su parte, admitió la derrota gallardamente, con unas sensatas palabras, y desde ya se posiciona para 2019.

Así las cosas, ahora comienza la evaluación de lo que sigue en adelante para el país. El presidente Chávez hizo el domingo en la noche, ante la multitud que lo aclamaba, una reflexión sobre algo que va a pesar mucho en el futuro inmediato: su salud. Al respecto dijo que “esta es una victoria de todos y de todas. Sólo le pido a Dios que me dé salud para servirle más y mejor a mi pueblo venezolano”. Es decir, que despejada la duda sobre su continuidad en el poder, surge la pregunta sobre cuál es su estado físico real. De momento, la fortaleza del mandatario, con las limitaciones que demostró en la campaña, está fuera de duda. Sin embargo, él mismo se adelanta a los cuestionamientos y deja planteado el interrogante. El tiempo lo dirá.

En lo inmediato hay varias consecuencias que se derivan del triunfo del chavismo. La primera, y obvia, tiene que ver con su propio país. La profundización de su Revolución Bolivariana parece implicar mayor presencia del Estado en todas las actividades de la vida cotidiana, desde las nacionalizaciones y expropiaciones hasta los programas asistenciales a través de las Misiones. Todo lo anterior sustentado en los altos precios del petróleo que le han permitido al Gobierno redistribuir de esta manera la bonanza que ha experimentado su principal producto de exportación.

Sin embargo, también lo acompañan acuciantes problemas como la inseguridad y la violencia en las calles, con un altísimo número de muertos; el desempleo que no merma; la grave situación carcelaria; la inflación que está muy por encima de la media latinoamericana; la corrupción galopante; las evidentes restricciones a la libertad de información, y la concentración del poder en manos del Ejecutivo. Todos ellos temas que ameritan un cuidadoso análisis por parte del jefe de Estado. Nunca es tarde para replantear una forma de gobierno más acorde con las normas mínimas de la democracia, comenzando por la autonomía de los poderes públicos.

Para Colombia implica mantener el muy buen nivel de relaciones que se establecieron desde la llegada de Juan Manuel Santos a la Presidencia. La presencia de Venezuela en los diálogos de paz es un acierto por las muchas vinculaciones que tiene el vecino en la situación interna que vive nuestro país. A pesar de los cuestionamientos que existen sobre la actitud del gobierno chavista frente a las Farc, se ha demostrado hasta ahora que es mejor un amable entendimiento que una confrontación abierta como la que mantuvo el anterior gobierno. Para los países de la Alba es la posibilidad de seguir recibiendo ayuda económica y petrolera desde Caracas, lo que le ha permitido a Hugo Chávez consolidar un bloque político que hace presencia activa en la región gracias a los beneficios del crudo. También, Unasur y la Celac reciben un espaldarazo amplio.

En síntesis, Chávez se queda. Capriles llega. Ganó Venezuela, sin duda alguna.

 

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